- Oye, ¿de dónde salieron tus muñequitos de goma?
- Coco ya lo tenía, Peggy ni me acuerdo, y Epi y Blas tienen una historia.
- ¡Cuéntamela!
- Cómo eres, chinito...
Nos besamos, me abrazo a ti.
- En fin... Un día iba en metro, y un chico muy guapo de pelo largo, joven, acompañado de un amigo, se puso a hablar conmigo y me terminó dando su móvil. Su amigo me hizo señas advirtiéndome de que no le hiciera caso, pero de todos modos le llamé al día siguiente y quedamos en su casa.
- ¿En su casa? Ay, pillín...
- Espera, deja que te cuente... Cuando llegué, me di cuenta de que algo ocurría. La casa estaba sucia, en desorden, y él me recibió prácticamente en pijama. Estaba triste, me di cuenta de que sólo quería cariño, calor humano. Poco a poco me fue contando que era jardinero, que no se llevaba bien con su familia y, lo más importante, que tenía depresión... No sé, me dio pena. No lástima, pero sí pena.
- ¿Lo hiciste con él?
- Sí, fue bello. También doloroso. Hubo mucho cariño, ¿entiendes? Hubo amor. Al terminar me dijo que le llamase yo si quería, que después de lo que me había contado creía que yo no querría volver a verle. Le respondí que sí, que le llamaría, pero él no se equivocó. Aquella fue la última vez.
- ¿Y los muñecos?
- Los muñecos... Todavía desnudos, me hizo seguirle a un cuarto lleno de cajas de cartón, y tras rebuscar en algunas de ellas se acercó a mí con Epi y Blas en su mano y me dijo que quería que fueran míos. Yo los acepté, los muñecos eran su regalo de despedida.
Callamos unos instantes, nos miramos.
- ¿Sabes una cosa, amor?
- ¿Qué, chino?
- Con razón me parecían tristes...
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
4 de enero de 2006
Cómo hablar
Cómo expresar, León, la necesidad de ese viento despeinándote, agitando las copas de los árboles en mi parque de la infancia, el viento eterno de mi ciudad que en su escudo lleva tu silueta. Cómo hacerte entender que yo algún día debía mostrarte la palmera y la farola que delimitaban mi portería favorita en aquellos partidos de fútbol, aquellos juegos de verano en los que yo –aún no me crees– aportaba muchas veces el balón. Cómo recorrer contigo la Seo y no marearme por esta pirueta del destino que nos ha situado a ti a y a mí ante nuestra verdad, el mayor reto del que podamos ser capaces, como los arquitectos y escultores de la catedral se enfrentaron a su propio abismo de belleza inmortal. Cómo despertar a tu lado la mañana de Año Nuevo y no buscar tu piel, cómo rozar tu pie con mi pie bajo las sábanas y no desear que un día me lleves a tu país, a la ciudad de tu infancia, para que también tú sepas que esto que no sabemos ni queremos explicar, nos esperaba.
Posibilidad
Te he visto cruzar la sala para ir al baño, yo llevaba días reuniendo fuerzas para tomar impulso, levantarme y seguirte, tú has escuchado mis pasos y antes de entrar me has mirado con un gesto entre la sorpresa y la incitación y yo me he abandonado al vértigo y me he colado tras de ti, dentro no han hecho falta las palabras, un cruce de miradas ha bastado para agarrarte del brazo y arrojarte a una cabina, echar el cerrojo y deshacerte la corbata, arrancarte la camisa y surcar tu pecho con mis labios, mojar tu vello y arañar tu vientre mientras tú sujetabas mi cabeza en tus manos con firmeza, pero tus dedos se enredaban en mi cabello con esa delicadeza que siempre intuí en ti, y cuando mis dientes ya arrastraban tu slip por tus muslos me has levantado y nos hemos besado con la pasión de dos recién enamorados, me has quitado la camisa por arriba y has mordido con cuidado mis pezones, mi costado, mis caderas, has tomado mi sexo en tu boca y lo has lamido dulcemente, sin prisa, mientras yo te decía guapo o me gustas en un ahogo terminal, el ahogo del placer imaginado al masturbarme en la cabina donde tú, de nuevo, no estás.
3 de enero de 2006
Cena de Nochevieja
Te miraba hablando con ellos y creía desconocerte un poco más o, mejor dicho, descubría nuevas habitaciones en tu castillo. Fue como una obra de teatro en la que poco a poco los actores abandonasen el texto y se entregasen a la improvisación, y tú –deja que te diga– estuviste magistral, contrarrestando mi tensión por rodearte de mi familia, mis padres y mi hermano que ya apenas me echan en cara mi desarraigo, esa distancia que interpongo entre mi presente y esta Zaragoza que todavía me duele. Te confieso que, cuando cenábamos todos juntos el otro día, me dio por pensar que esto podría cambiar gracias a ti. Quién sabe qué ocurrirá, pero lo cierto es que al pensarlo me di cuenta de cuánto te quiero ya, de cuánto podré quererte.
Hubo algo que se me olvidó enseñarte y que te hubiera revelado una de las claves de mi dolor: ese cuadro que una compañera de trabajo le regaló hace más de un año a mi madre. Te he hablado de él, es un paisaje que a primera vista no se distingue demasiado de cualquier otro paisaje, sólo que éste se me antoja de emotivo significado: un árbol de tronco grueso, firmemente aferrado a la tierra, se eleva y se bifurca en ramas cada vez más delgadas y leves hacia un cielo que no se ve. El árbol nace en el seno de una claridad, y al fondo mueren las sombras del bosque. El óleo lo pintó ella misma, esa compañera de mi madre que se postulaba como algo más y que lo ha terminado siendo. La dedicatoria caligrafiada detrás del cuadro es también suya, y aún no sé cómo alguien que no soy yo pudo desnudar a mi madre al punto de decirle: lo que necesites, que te venga.
Amor, la próxima vez que vuelvas (que volvamos), te lo enseño.
Hubo algo que se me olvidó enseñarte y que te hubiera revelado una de las claves de mi dolor: ese cuadro que una compañera de trabajo le regaló hace más de un año a mi madre. Te he hablado de él, es un paisaje que a primera vista no se distingue demasiado de cualquier otro paisaje, sólo que éste se me antoja de emotivo significado: un árbol de tronco grueso, firmemente aferrado a la tierra, se eleva y se bifurca en ramas cada vez más delgadas y leves hacia un cielo que no se ve. El árbol nace en el seno de una claridad, y al fondo mueren las sombras del bosque. El óleo lo pintó ella misma, esa compañera de mi madre que se postulaba como algo más y que lo ha terminado siendo. La dedicatoria caligrafiada detrás del cuadro es también suya, y aún no sé cómo alguien que no soy yo pudo desnudar a mi madre al punto de decirle: lo que necesites, que te venga.
Amor, la próxima vez que vuelvas (que volvamos), te lo enseño.
1 de enero de 2006
Fallo en Matrix
Perdona, amor, por robarte la imagen, pero tienes razón: sólo un fallo en Matrix pudo causar que ayer nos besásemos en la puerta de mi instituto, que el viento de la noche discurriera entre tu boca y la mía arrastrándonos al instante de mi primer beso, hace ya trece años, en la misma puerta. Mi ciudad ha sido tu ciudad, mi familia la tuya, y mi memoria se ha transformado en nuestra realidad gracias a ese hermoso fallo que me hace amarte como un adolescente, como si tú también lo fueras y juntos empezásemos a descubrir el amor.
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