Me ocurre con las dos personas más importantes de mi vida. Aquéllas que más veo aparte de los inquilinos forzosos de la sala donde trabajo. Las que más quiero. Pasa que, en cualquier momento inesperado, me asombro de su presencia. O, mejor dicho, de su rostro, su mirada, su sonrisa. Lo concreto, tantas veces contemplado, es justamente lo que me parece nuevo.
Me ocurre cada vez que quedo con ella y siempre que despierto junto a él. Haciendo el amor o viendo una película. Cuando olvido nuestra historia y nos miramos con la desnudez que sólo nace de la pura verdad. Entonces es como si no reconociera sus facciones, como si su belleza fuera extraña, exótica. Como si no mereciera ser amado por alguien así.
Me ocurre imaginar que el amor es eso: olvidar y recordar lo extraordinario de su naturaleza.
Un sol que se oculta y emerge cada día.
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
6 de abril de 2006
5 de abril de 2006
A Mar
Mi último día en Gijón fue el más lluvioso. Había tenido un sueño agitado, aún en mí el eco disonante de mi visita nocturna al cuarto oscuro del único bar de ambiente de la ciudad. Y es que en los últimos tiempos, mis viajes son especialmente reveladores. Será porque los planeo cada vez menos. Voy a menos lugares pero paso más tiempo en ellos. Me encanta desarrollar pequeñas rutinas, fantasear con que vivo allí. Por eso, para mi último día en Gijón no había pensado nada especial, simplemente volver a recorrer mis rincones preferidos.
La lluvia vino a definir, con más crudeza de lo habitual en mí, un matiz de melancolía a mi despedida de un lugar donde inesperadamente había encontrado potente inspiración creativa y vital. Fui a desayunar a una cafetería de Cimadevilla desde la que se ve el mar donde aquellos días me había sentido en casa. Luego me dejé caer hacia el muelle y contemplé las olas romper con furia contra los diques. Allí, sentado con los pies colgando de la bancada de piedra, mi móvil empezó a vibrar y eras tú. Nos veíamos desde agosto, disfrutábamos juntos, pero no era más que el germen de lo que ahora ha estallado en flor. No te había llamado en aquellos seis días, y tú tampoco, tal vez intuyendo que yo necesitaba una pequeña distancia para percibir mejor aquello que nos estaba ocurriendo. Creo que no te dije entonces, amor, cuánto me alegré de oír tu voz y, sobre todo, cuánto había pensado en ti. Te conté lo del cuarto oscuro, te hablé de las canciones y del poema que había escrito, no cesé de repetirte cuánto me había gustado Gijón (y Oviedo, y el paisaje, y la gente, y el resplandor de cada atardecer marino brillando como un fuego que se extingue sobre las aguas...). Necesitaba, ya en aquel lejano octubre, compartir mi vida contigo aunque yo no quisiera –o no pudiera– ser consciente todavía.
El sábado voy a Santander. También seis días, y también solo. Aunque habría preferido que pudieras venir conmigo, tal vez este momento sea el oportuno para, de nuevo con el Cantábrico al horizonte, hacer balance de todos los recodos que he doblado en los últimos meses. El día a día nos arrastra sin remedio, nos proyecta siempre hacia el futuro y nos impide recrearnos en todo lo que hoy, a cada instante, poseemos. Y eso que en nuestro caso, quiteño, poseemos todo.
Pero sí hay algo que será diferente esta vez. Voy a llamarte más, mucho más. Aquella mañana, bajo la lluvia del norte, descubrí que no tiene sentido reprimir nada contigo.
Al contrario, el amor se alimenta con amor. Amor y más amor.
La lluvia vino a definir, con más crudeza de lo habitual en mí, un matiz de melancolía a mi despedida de un lugar donde inesperadamente había encontrado potente inspiración creativa y vital. Fui a desayunar a una cafetería de Cimadevilla desde la que se ve el mar donde aquellos días me había sentido en casa. Luego me dejé caer hacia el muelle y contemplé las olas romper con furia contra los diques. Allí, sentado con los pies colgando de la bancada de piedra, mi móvil empezó a vibrar y eras tú. Nos veíamos desde agosto, disfrutábamos juntos, pero no era más que el germen de lo que ahora ha estallado en flor. No te había llamado en aquellos seis días, y tú tampoco, tal vez intuyendo que yo necesitaba una pequeña distancia para percibir mejor aquello que nos estaba ocurriendo. Creo que no te dije entonces, amor, cuánto me alegré de oír tu voz y, sobre todo, cuánto había pensado en ti. Te conté lo del cuarto oscuro, te hablé de las canciones y del poema que había escrito, no cesé de repetirte cuánto me había gustado Gijón (y Oviedo, y el paisaje, y la gente, y el resplandor de cada atardecer marino brillando como un fuego que se extingue sobre las aguas...). Necesitaba, ya en aquel lejano octubre, compartir mi vida contigo aunque yo no quisiera –o no pudiera– ser consciente todavía.
El sábado voy a Santander. También seis días, y también solo. Aunque habría preferido que pudieras venir conmigo, tal vez este momento sea el oportuno para, de nuevo con el Cantábrico al horizonte, hacer balance de todos los recodos que he doblado en los últimos meses. El día a día nos arrastra sin remedio, nos proyecta siempre hacia el futuro y nos impide recrearnos en todo lo que hoy, a cada instante, poseemos. Y eso que en nuestro caso, quiteño, poseemos todo.
Pero sí hay algo que será diferente esta vez. Voy a llamarte más, mucho más. Aquella mañana, bajo la lluvia del norte, descubrí que no tiene sentido reprimir nada contigo.
Al contrario, el amor se alimenta con amor. Amor y más amor.
4 de abril de 2006
Magia
De pequeño, tuve un cubo mágico de Rubik. Nunca lo logré resolver, y poco a poco le fui quitando las pegatinas de colores hasta que dejé todo el plástico negro al descubierto. Luego lo desencajé desnudándolo por completo. Sólo quedó el armazón y un escombro de piezas, nada que pudiera sugerir que aquello había sido una sola cosa. Era el destino de todos mis juguetes, todos sucumbían ante mi ánimo de desentrañar sus mecanismos.
Hace unos dos años, paseando con mi madre en Zaragoza, me paré en un escaparate. Creía estar alucinando: allí se exhibía de nuevo ese souvenir de la infancia. Las modas, todas, siempre vuelven. La caja era muy atractiva, y además pude ver que contenía un manual. Llamé a mi madre y le dije que quería entrar a verlo. Me lo acabó comprando, admito que no opuse precisamente resistencia, y aquella misma tarde de sábado, tras deshacerlo a conciencia, traté de devolverlo a su estado original. No hubo forma, y al día siguiente me lo traje a Madrid con la promesa de seguir intentándolo. Sabía que, de alguna manera, verme enfrascado con el cubo mágico le hacía feliz. Recreaba la ilusión del tiempo en que yo le pertenecía.
La última vez que mi madre me visitó, vio el cubo perdido entre otros objetos en una estantería. Me miró triste, y me preguntó si ya lo había abandonado como de costumbre. Le respondí que en parte sí, que realmente era muy complejo, pero le aseguré que a veces lo retomaba.
Mentí, supe que era mejor así.
Hace unos dos años, paseando con mi madre en Zaragoza, me paré en un escaparate. Creía estar alucinando: allí se exhibía de nuevo ese souvenir de la infancia. Las modas, todas, siempre vuelven. La caja era muy atractiva, y además pude ver que contenía un manual. Llamé a mi madre y le dije que quería entrar a verlo. Me lo acabó comprando, admito que no opuse precisamente resistencia, y aquella misma tarde de sábado, tras deshacerlo a conciencia, traté de devolverlo a su estado original. No hubo forma, y al día siguiente me lo traje a Madrid con la promesa de seguir intentándolo. Sabía que, de alguna manera, verme enfrascado con el cubo mágico le hacía feliz. Recreaba la ilusión del tiempo en que yo le pertenecía.
La última vez que mi madre me visitó, vio el cubo perdido entre otros objetos en una estantería. Me miró triste, y me preguntó si ya lo había abandonado como de costumbre. Le respondí que en parte sí, que realmente era muy complejo, pero le aseguré que a veces lo retomaba.
Mentí, supe que era mejor así.
31 de marzo de 2006
Cumpleaños
Mañana es 1 de abril, y se cumple un año desde que abrí este blog. Dado que casi siempre escribo desde el trabajo (primera confesión, aunque intuyo que la compartirían muchos blogueros...), he decidido adelantar a hoy su pequeña fiesta de aniversario.
Empecé sin un propósito definido. Mi blog era un cajón desastre. En este tiempo ha habido cambios de diseño, enlaces que se añadieron o desaparecieron, posts que sucumbieron a cribas sucesivas... Este espacio ha reflejado fielmente mis transiciones vitales durante los últimos doce meses. Valga como ejemplo que el primer blog que leí en mi vida, el que me inspiró para abrir inmediatamente el mío, fue el del chico al que ahora amo, a quien había conocido tan sólo unos días antes (segunda confesión...).
Creo que nada mejor que recuperar hoy mi primer post. Releyéndolo, me he dado cuenta de que ya marcaba el tono que finalmente ha adquirido este blog. Como la mayoría de mis textos, nació de la realidad aunque al escribirlo sea ya –y ése es el poder del narrador– literatura.
Gracias a quienes me leéis, de corazón. Vosotros le dais sentido a mis palabras. Y esto, lo sabéis, no es ninguna confesión.
Vida en una basura
Una calle cualquiera de Madrid. Viernes, 8 de la mañana, invierno. Camino del trabajo. En una esquina, un cubo de basura rebosado. Sobre la acera yacen papeles aparentemente sin importancia, pisoteados por los transeúntes que antes de mí han pasado por allí. Por qué me detengo, por qué me agacho y tomo en mis manos una postal fechada en 1965, por qué leo... No lo sé, mi natural curiosidad, poco importa. Pronto intuyo que gran parte de esa basura tiene conexión entre sí, que antes de ser basura era parte de una vida. Titubeante, temeroso de lo que otras personas puedan pensar de mí, levanto la tapa y hurgo entre cajas de cartón, prendas desgastadas, objetos sin orden. No llevo cartera, mochila, nada donde ocultar lo que ya considero un botín. Entro en una papelería y compro algo suficientemente grande como para que me den una bolsa y guardar todo hasta salir de mi oficina, hasta que lleguen las 3 y recobre, con más pulsión que de costumbre, mi vida.
Al llegar a casa desparramo el contenido sobre el sofá, en un gesto que me recuerda –pero yo no lo he vivido- el gesto de quien fuera que vertiera el día anterior todo aquello en un cubo, amparado en la impunidad de la noche. Un nombre y apellidos, un hombre que tuvo una mujer, hermanas que durante la dictadura le escriben desde Francia inofensivas postales de cariño, menús de cenas de un club de socios en hoteles de 3 estrellas, recordatorios de comunión, cuentas para llegar a fin de mes, cuartillas amarillentas de periódico, y fotos, muchas fotos... Sólo falta algo, tan obvio que su ausencia da sentido a todo lo demás: una esquela con ese nombre, esos apellidos que acaso nadie volverá a pronunciar.
Empecé sin un propósito definido. Mi blog era un cajón desastre. En este tiempo ha habido cambios de diseño, enlaces que se añadieron o desaparecieron, posts que sucumbieron a cribas sucesivas... Este espacio ha reflejado fielmente mis transiciones vitales durante los últimos doce meses. Valga como ejemplo que el primer blog que leí en mi vida, el que me inspiró para abrir inmediatamente el mío, fue el del chico al que ahora amo, a quien había conocido tan sólo unos días antes (segunda confesión...).
Creo que nada mejor que recuperar hoy mi primer post. Releyéndolo, me he dado cuenta de que ya marcaba el tono que finalmente ha adquirido este blog. Como la mayoría de mis textos, nació de la realidad aunque al escribirlo sea ya –y ése es el poder del narrador– literatura.
Gracias a quienes me leéis, de corazón. Vosotros le dais sentido a mis palabras. Y esto, lo sabéis, no es ninguna confesión.
Vida en una basura
Una calle cualquiera de Madrid. Viernes, 8 de la mañana, invierno. Camino del trabajo. En una esquina, un cubo de basura rebosado. Sobre la acera yacen papeles aparentemente sin importancia, pisoteados por los transeúntes que antes de mí han pasado por allí. Por qué me detengo, por qué me agacho y tomo en mis manos una postal fechada en 1965, por qué leo... No lo sé, mi natural curiosidad, poco importa. Pronto intuyo que gran parte de esa basura tiene conexión entre sí, que antes de ser basura era parte de una vida. Titubeante, temeroso de lo que otras personas puedan pensar de mí, levanto la tapa y hurgo entre cajas de cartón, prendas desgastadas, objetos sin orden. No llevo cartera, mochila, nada donde ocultar lo que ya considero un botín. Entro en una papelería y compro algo suficientemente grande como para que me den una bolsa y guardar todo hasta salir de mi oficina, hasta que lleguen las 3 y recobre, con más pulsión que de costumbre, mi vida.
Al llegar a casa desparramo el contenido sobre el sofá, en un gesto que me recuerda –pero yo no lo he vivido- el gesto de quien fuera que vertiera el día anterior todo aquello en un cubo, amparado en la impunidad de la noche. Un nombre y apellidos, un hombre que tuvo una mujer, hermanas que durante la dictadura le escriben desde Francia inofensivas postales de cariño, menús de cenas de un club de socios en hoteles de 3 estrellas, recordatorios de comunión, cuentas para llegar a fin de mes, cuartillas amarillentas de periódico, y fotos, muchas fotos... Sólo falta algo, tan obvio que su ausencia da sentido a todo lo demás: una esquela con ese nombre, esos apellidos que acaso nadie volverá a pronunciar.
30 de marzo de 2006
La rabia
Tenía ocho años. Jugaba a gol-portero con mi hermano y mi padre en el Jardín de Invierno, mi rincón favorito del Parque Grande de Zaragoza. Al ir corriendo con el balón, me choqué con un chico de mi mismo curso que siempre se metía conmigo en el colegio sin motivo. Entonces él me empujó, o me tiró del pelo, algo hizo que me provocó una rabia feroz. ¿Fue la reiteración, la excitación del ejercicio físico, la necesidad de demostrarle a mi padre que no era un cobarde? Sólo sé que me abalancé sobre él y le cogí del cuello amenazándole con que ésa era la última vez. Y así fue. Me sentí extraño. Fuera de mí, otro. Más fuerte.
Yo era un niño pacífico, nunca me metía con nadie injustificadamente. De hecho, odiaba a quienes lo hacían. Quizá por eso resultaba un blanco fácil, evidente. Era empollón, gafotas, amanerado (no lo sabía, pero ocasionalmente no faltó quien me dedicara el peor insulto)... De todas formas, creo que logré pasar suficientemente desapercibido para no desarrollar trauma alguno. Casi siempre supe esquivar el peligro.
La rabia, ésa que de niños sentimos, vuelve de adultos. Y resulta que no es menos intensa, en absoluto. Además, es más difícil de canalizar. A mi edad, uno ya he aprendido a no agarrar a la gente del cuello, a no estallar en gritos. Y la rabia refrenada es más nociva. Hoy he recordado, al mismo tiempo que ese lance infantil, la noche en que un chico que me gustaba mucho pero que no me correspondía, me besó fugazmente en los labios para despedirse de mí. Yo me iba ya a casa, él a la Ohm con otro amigo. Recuerdo haber recorrido la Gran vía en lágrimas, maldiciéndole a él, maldiciéndome a mí por exponerme a una situación así.
Los mecanismos de daño son más sutiles ahora. Quizás por ello son más efectivos. La inteligencia se une a la experiencia. Y, al menos yo, sigo siendo igual de vulnerable.
Definitivamente, la furia, la frustración, las ganas de poner a los cabrones en su sitio, no cesan.
Yo era un niño pacífico, nunca me metía con nadie injustificadamente. De hecho, odiaba a quienes lo hacían. Quizá por eso resultaba un blanco fácil, evidente. Era empollón, gafotas, amanerado (no lo sabía, pero ocasionalmente no faltó quien me dedicara el peor insulto)... De todas formas, creo que logré pasar suficientemente desapercibido para no desarrollar trauma alguno. Casi siempre supe esquivar el peligro.
La rabia, ésa que de niños sentimos, vuelve de adultos. Y resulta que no es menos intensa, en absoluto. Además, es más difícil de canalizar. A mi edad, uno ya he aprendido a no agarrar a la gente del cuello, a no estallar en gritos. Y la rabia refrenada es más nociva. Hoy he recordado, al mismo tiempo que ese lance infantil, la noche en que un chico que me gustaba mucho pero que no me correspondía, me besó fugazmente en los labios para despedirse de mí. Yo me iba ya a casa, él a la Ohm con otro amigo. Recuerdo haber recorrido la Gran vía en lágrimas, maldiciéndole a él, maldiciéndome a mí por exponerme a una situación así.
Los mecanismos de daño son más sutiles ahora. Quizás por ello son más efectivos. La inteligencia se une a la experiencia. Y, al menos yo, sigo siendo igual de vulnerable.
Definitivamente, la furia, la frustración, las ganas de poner a los cabrones en su sitio, no cesan.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)