Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
23 de mayo de 2005
Primeros juegos
La colegiala, un poco como cualquiera imagina a una alumna de colegio católico en pubertad, lee atenta una revista. Buscando un hueco en el vagón de metro me sitúo junto a ella. Lleva más de un minuto sin pasar página. Lanzo una mirada al título del artículo: "Tus zonas erógenas". Lee sin afectación, como si fuesen las insulsas declaraciones de algún ídolo pop. En una estación, sube un chico mayor que ella. Es guapo y peligroso. Viste ropa ancha y lleva una carpeta enorme, de escuela de arte. Ella levanta los ojos de la revista y los posa sobre los tobillos desnudos con el vello justo, la curva del empeine al descubierto, los dedos de los pies extremadamente armónicos, carnosos... Sólo cuando él se da cuenta, ella los aparta rebosando pudor. El tren se detiene, y la colegiala desciende no sin antes rozar al descuido con sus dedos la cadera del muchacho, que la ve marchar con un brillo en sus labios, su mano aferrándose firme a la barra.
13 de mayo de 2005
A ciegas
La chica se abraza al señor ciego. El tren de metro pasa estaciones, y ellos intercambian confidencias, sonrisas, besos... Él viste un traje gris muy usado, zapatillas de color naranja, y una camisa roja desabotonada. Ella apoya su rostro contra el pecho canoso, no lleva maquillaje, ni un peinado bonito, ni unos zapatos elegantes, sólo unos pendientes algo vulgares adornan su dormida belleza. Hablan, ella a veces mira los ojos en blanco de él, y otras simplemente dirige sus palabras a otro vacío. Se bajan, y yo continuo hasta la siguiente parada.
Dos horas más tarde, en otro punto de la ciudad, decido en el último instante ir a un café en lugar de otro, y al doblar una esquina me encuentro pisando los talones a dos personas. Un bastón blanco, una falda negra sobre unas piernas sin depilar.... Ralentizo mi paso para escuchar la conversación de la chica y el señor ciego. Ella cuenta que a un hombre que conoce le detectaron un cáncer y se le cayó el pelo por la quimioterapia. Obsesivamente recalca los efectos del tratamiento, y cómo ese hombre volvió al trabajo pero le seguían preguntando qué tal estaba. Llego a la puerta del café sin saber el final de la historia, ni del camino de la extraña pareja.
Dos horas más tarde, en otro punto de la ciudad, decido en el último instante ir a un café en lugar de otro, y al doblar una esquina me encuentro pisando los talones a dos personas. Un bastón blanco, una falda negra sobre unas piernas sin depilar.... Ralentizo mi paso para escuchar la conversación de la chica y el señor ciego. Ella cuenta que a un hombre que conoce le detectaron un cáncer y se le cayó el pelo por la quimioterapia. Obsesivamente recalca los efectos del tratamiento, y cómo ese hombre volvió al trabajo pero le seguían preguntando qué tal estaba. Llego a la puerta del café sin saber el final de la historia, ni del camino de la extraña pareja.
10 de mayo de 2005
Días sin memoria
Trato de hacer orden en mi armario. De los bolsillos de un pantalón sepultado caen, al arrancarlo de su olvido, unos papeles. Me llaman la atención un par de entradas de cine de hace tres años, con el nombre de una película que no recuerdo haber visto, ni con quién pude ir. Pero hay más recuerdos de aquellos días: una factura de ropa interior de una tienda que no me suena de nada, un número de teléfono sin un nombre al lado que pueda darme alguna pista, un folleto de un curso que jamás podría interesarme... ¿Todo esto es mío? ¿O era de ese alguien que vivía esos días sin diferenciar unos de otros, alguien que ya no soy yo, este que soy ahora?
Me siento sobre la cama y me concentro en una idea: este instante no voy a olvidarlo, no quiero hacerlo.
Me siento sobre la cama y me concentro en una idea: este instante no voy a olvidarlo, no quiero hacerlo.
6 de mayo de 2005
Aquel instante
¿Te acuerdas, cariño, de aquella luz? Acabábamos de llegar a casa, yo había puesto una canción, nos quitábamos la ropa en el dormitorio, de pronto, en un imperceptible viraje, el primer rayo del mediodía se coló a través de la ventana, y luego otro, y otro, la canción llegaba a su climax al tiempo que la habitación quedaba inundada por la luz del otoño, y entonces nos miramos, amor, me acerqué a ti, rodeé tu cintura y absorbí el olor que siempre dormía en el hueco de tu nuca, y tú me preguntaste “¿Te quieres casar conmigo?”, y yo respondí sin pensar, no hacía falta siendo como éramos en aquel instante uno solo.
5 de mayo de 2005
Nosotros, ellos
Somos menos, pero esa siempre ha sido nuestra ventaja. Les hacemos creer que la vida que llevan es buena, que no es sostenible que puedan disfrutar de más tiempo libre, que el mejor ámbito para la superación personal es el trabajo, que el consumo (de nuestros productos, qué bella simetría) es la forma natural de gastar el sueldo raquítico que tanto les cuesta ganar, que lo justo es que sean siempre ellos los que tienen que esforzarse (hemos ideado múltiples variantes) cuando nuestros beneficios no son los esperados, que es normal aguantar hasta los 65 años (cuando ya no nos sirven porque las enfermedades se acumulan en su historial clínico) para disfrutar de libertad, que el liberalismo salvaje es la única fórmula económica compatible con la democracia... ¿Cómo lo hacemos? Es fácil. Nosotros, que somos pocos y podemos organizarnos mejor, inventamos un mundo cerrado, impermeable, en el que no hay lugar para la disidencia, no hay modelos para la rebelión, donde los políticos son nuestras marionetas porque dependen de nuestro dinero y la burocracia atenaza al individuo imposibilitando el acceso a lo concreto, a los hilos que sólo nosotros movemos. ¿Quienes somos? Los de siempre, los que llenamos nuestras arcas gracias a su esclavitud, su mente de la que hemos borrado toda capacidad crítica, un círculo reducido de personas en cada país por el que ellos, los ilusos, los ignorantes, que son millones, creen que luchan, cuando en realidad es por nuestro bienestar que ellos se dejan lo mejor de su vida en el camino, un camino que para nosotros es de rosas y para ellos de afiladas espinas. Y que nadie se lleve a engaño: no sentimos el más mínimo escrúpulo. Eso es de débiles, de idealistas, de rebeldes... en resumen, de aquellos que nunca han cabido -ni cabrán- en nuestro sistema.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)