13 de septiembre de 2006

Cuento las veces que me avergoncé, revisito los rincones de mi inmadurez, mi deseo de pubertad perenne. Entonces me digo no estaba tan mal, me pongo en pie y hago una mueca frente el espejo mientras me desnudo para vestirme de vida. El aire de un nuevo tiempo llena la ciudad, soy feliz cuando mi mente anula el tiempo y me convierto en el chico que podía ser todas las cosas, el chico lanzado hacia un futuro completamente desconocido, vaciado de ilusión y memoria. Quizás por eso, estos días estoy empeñado en habitar este instante, y éste, y éste...

Uno no cambia nunca, sólo cambian los anhelos. Y son mis anhelos los que en mi nueva etapa habitan este instante que se desliza.

Ya no me lanzo al futuro, prefiero quedarme en el presente. Deslizarme con él.

7 de septiembre de 2006

Hay recuerdos que no llegaron a ser recuerdos, sólo imágenes sin cuerpo, esbozos de realidad no vivida. A veces siento que a mi memoria le falta algo importante que nunca ocurrió. Y como todo recuerdo que no lo fue, es semilla de nostalgia infinita.

Nació de mi madre, en uno de esos momentos en que mi universo se reducía a su regazo. Ya es imposible saber qué la llevó a confesármelo, qué pregunta de niño siempre curioso pudo arrancarle un sueño que, me atrevo a adivinar, había silenciado hasta entonces. Ella tenía –y tiene– un gusto exquisito para vestir, y yo siempre la acompañaba en sus compras. Tal vez hablábamos de eso, tal vez me estaba enseñando cómo pensaba combinar una falda y un suéter, no lo sé... Sólo he retenido unas pocas frases. Querría tener una tienda. Si me tocara la lotería, pediría la excedencia y abriría una tienda de ropa. La pondría a mi gusto, me distraería mucho Y Rafi y tú estarías estudiando y haciendo vuestros deberes en el cuarto de atrás, os tendría conmigo, cuando quisiera podría entrar a veros... Supongo que mi madre dijo más cosas, pero mi recuerdo se detiene allí. El resto es la fantasía de un niño, todo un mundo a partir de unas pocas palabras que me acompañó durante el resto de mi infancia y adolescencia, un refugio bañado siempre por una luz limpia, clara, con una enorme mesa donde yo desplegaba mis libros y cuadernos y mi hermano los suyos, y de vez en cuando escuchábamos la campanilla que anunciaba la entrada de una clienta, oíamos como en sueños la conversación con mi madre, el sonido de las ropas al caer sobre el mostrador y ser extendidas, el entrechoque de las anillas que sujetaban las cortinas del probador, el ronroneo de la caja registradora... y, sobre todo, las visitas de mi madre a nuestro cuarto de estudio para darnos un beso o, simplemente, mirarnos.

Nunca nos tocó la lotería, y quizás el sueño no fue tan poderoso como para que mis padres hicieran el esfuerzo de ahorrar, en aquellos tiempos donde ahorrar para comprar una casa o abrir un negocio todavía era posible. Quizás, así lo creo, esas palabras de mi madre nunca volvieron a ser pronunciadas, y este recuerdo que no llegó a ser recuerdo sino pura melancolía, nació del azar.

El azar que sólo el amor puede transformar en belleza.

6 de septiembre de 2006

Antes fue
deseo sin palabras,
la certeza de una falta
revelada en tristeza,
desgana,
demasiados paseos al atardecer.

Luego,
tras una breve
-pero firme-
ceguera,
te amé.

Ahora
hacemos planes,
nos reímos de nosotros,
nuestra adolescencia postergada,
a las dos de la mañana.

Es que te miro hablar
y... ¿para qué decirlo de otra forma?

Te amo.

4 de septiembre de 2006

Algunas impresiones de estos días:

1. Esperarla en un café bullicioso, universitario, con todo tipo de juegos para pasar la tarde (y no importa si anochece). Se oyen risas, todo el mundo está en grupos. Hasta una pareja parecería sola en este lugar, y no digamos alguien como yo, aunque de todas formas no estoy tan enfadado como aparento luego por la hora de retraso, y es que me divierte observarlo todo, replegarme -como siempre- en mi pensamiento, caer hipnotizado ante su imagen atenuada por la sombra del atardecer tras el cristal, hablando por el móvil sin preocuparse por lanzarme una mirada de ya entro o perdona. Aunque ya digo, no me importa. Casi lo agradezco.

2. Hacer el amor un lunes a las cuatro de la tarde. Hacer el amor.

3. Ser víctima de una compañía de telefonía, víctima de mi banco por haber perdido mi condición de asalariado, víctima de la administración y sus filas kilométricas, acaso nuevas formas de performática urbana, discreto y a la vez profundo homenaje al hastío (pero lo dudo). Me entran ganas de ser verdugo, sin embargo me reprimo cristianamente.

4. Leer, leer, leer... Descubrir a José María Conget (después de Bar de anarquistas pienso devorar mucho más), revisitar Leaves of grass del genio Whitman, sorprenderme agradablemente e incluso emocionarme con las locuras en Brooklin de un Auster en estado de gracia que ha logrado resarcirme de su monumento a la nada llamado Oracle Night y del vértigo de robar su Brooklin Folies en la sección de lenguas extranjeras de la Casa del Libro (recomendada para cleptómanos irreductibles)...

5. Encontrarme, a veces, entre unas cosas y otras.

2 de septiembre de 2006

Se trataba de dar un paseo, caminar la rabia hasta el cansancio, intentar volver a casa listo para leer un libro, preparar la comida, hacer el amor... lavarme de todo lo que no seas tu para entregarme a ti en mi forma más pura, y es que ser, simplemente ser, es algo que me cuesta, en estos días me siento especialmente torpe, ciertas realidades me abruman por mucho que crea estar por encima de lo cotidiano, lo que no está hecho de pensamiento y deseo, y es que en el fondo creo que aprendo pero no es así, o no tan rápidamente como me gustaría, soy un hombre con memoria selectiva, o tal vez un hombre que se asigna una y otra vez retos de humo para ser Quijote -¿no es verdad, amigo Sancho?- que una y otra vez se estrelle contra sus miedos, sus verdades mudas que sólo en madrugadas bajo sábanas tú rescatas de su cómodo refugio, pero finalmente pasear me ha sentado bien, me he dejado caer por las calles de Lavapiés hasta La Casa Encendida, se está fresquito aquí, te he llamado hace un rato para decirte que te quiero, que ahora vuelvo, que me sigas queriendo así, tanto, con ese amor que me define, que me convierte sin remedio en este chico que intenta construirse en torno a las pequeñas cosas (pero tan esenciales) que me he empeñado en hacer este año.

Y es que este año quiero ser lo que hago; que en mis actos sean, ya, mis sueños.

Como quererte.