Se han sentado frente a mí en el autobús. Visten ropa deportiva de calidad, prácticamente la misma ella que él. Mismos colores, mismo corte. Sólo que él lleva su cabeza completamente tapada por un gorro Adidas. Calado hasta las cejas, cejas que ya no están, como las pestañas y el resto del vello y del pelo que hasta hace poco cubría su cuerpo. Seguramente anda en lo peor de la quimio. Su piel esta pálida y ajada a pesar de sus treinta y pocos. No se sueltan de la mano, no sueltan sus sonrisas cuando se miran, aunque luego el rictus se contraiga y los pensamientos vuelvan a eso que no se va, que permanece. Pero ellos se han comprado ropa de deporte a juego, sin mirar el precio. Es domingo y quieren salir al centro, pasear entre la gente aunque haga frío. Es sano, es alegre mezclarse en el río humano, sentirse parte de la vida. Comer donde les apetezca, no privarse de nada. De la mano, juntos. Como una sola persona.
Es mediodía, aún queda mucho tiempo hasta la noche.
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
26 de noviembre de 2006
18 de noviembre de 2006
Nebraska
Hacemos tiempo
de amor,
ha llegado el frío
(me has dicho que te gusta),
improvisamos la espera
en el Nebraska;
es la hora en que nadie pide ya chocolate
(¿un sandwich y dos dobles?),
y entonces me miras
así,
y dices algo
más desarmante que tu mirada,
y el mundo podría ser
este lugar anacrónico,
o incluso más pequeño:
tu mano...
podría vivir en su calor.
de amor,
ha llegado el frío
(me has dicho que te gusta),
improvisamos la espera
en el Nebraska;
es la hora en que nadie pide ya chocolate
(¿un sandwich y dos dobles?),
y entonces me miras
así,
y dices algo
más desarmante que tu mirada,
y el mundo podría ser
este lugar anacrónico,
o incluso más pequeño:
tu mano...
podría vivir en su calor.
31 de octubre de 2006
Bruselas

Fueron tornándose movimientos, fotos sueltas que nunca lograrán incluirnos nacidas de la locura de un amanecer, el poso de un regreso que se rebelaba en ansia de un nuevo viaje hacia un destino aleatorio del que sólo sabíamos el origen -aeropuerto de Barajas- y su continente, Europa... y finalmente, resultó ser una ciudad que respira a él por todos sus costados: Bruselas; no era la primera vez que estábamos, León de pequeño y yo en dos ocasiones hace algunos años, pero nunca la habíamos sentido de esta forma, tan múltiple, pujante y viva, tejida de caminos en el tiempo, en la historia, del Renacimiento a lo más contemporáneo, de lo elevado a lo subterráneo, y todo bajo esa luz de un otoño que se resistía a ser invierno, esa urbe que huye de comparaciones afirmándose en un encanto que no se deja ver por una mirada superficial, lastrada de clichés, sino por otra que se deja arrastrar por la sorpresa de encontrar un acordeonista a la entrada de un callejón, como invitando al peatón a buscar, a descubrir, o una joya art-déco resplandeciendo entre palacios neoclásicos, el embrujo de un pequeño parque cubierto de hojas secas tras lo que parecía ser un anodino paso o una cafetería donde apenas asoma el bullicio ocupando el espacio de una antigua fábrica... y nosotros, sabedores de lo improbable de estar allí, dejándonos habitar en movimientos que, como nunca, lo han sido también del alma.
Una nueva habitación en el imaginario.
26 de octubre de 2006
Hubo un momento en la historia de la fotografía en que alguien pensó más en capturar el puro vértigo del instante que en lograr la perfección de otros aspectos como la composición, la luz o el punto de vista, más en vigor hasta entonces. De esa corriente bebieron muchos fotógrafos cuya obra hoy admiramos, y supongo que de la misma forma esta mañana saqué apresuradamente mi móvil de mi bolso en plena calle, te empujé contra una pared y te hice esta foto. Quería capturar lo guapo que te veía en ese preciso momento, la emoción de quererte, de estar juntos bajo la luz del mediodía en este día después de una lluvia, después de una vida buscándote. Soy dichoso, te amo.
24 de octubre de 2006
Mi mitad del mundo

Corporizarme en tu tiempo, navegar en el océano de tus anhelos, tus desengaños, aprender el precio de ser tú mismo, saber de dónde viene el amor que me derrumba, que me hace vivir tu ciudad como si fuera la mía y me impulsa a regresar, quedarme más tiempo, seguir soñando en Quito. Volviste (en realidad, volvimos) a tu hogar, a los lugares que recorrías en tus noches de adolescente, a tu colegio... Y allí, en el Colegio Mejía, todos te recordaban –a su manera–, y tú, al que muy pocos conocemos de verdad, buscabas tu propio recuerdo, tal vez ese olor (¿lo sientes?, me preguntaste al entrar), esa atmósfera austera y cada vez más añeja, esa sensación irremplazable de que toda la vida está aún por vivir. Caminabas hacia algo absolutamente abstracto que, sin embargo, por instantes se concretaba en la luz difuminada de un aula, la pintada en una pared, o un apretón de manos. Me atreví a hacerte una foto al descuido, arriesgar una metáfora donde sólo cabía el silencio.
Yo también buscaba algo en este viaje, en el fondo buscaba muchas cosas aunque esa búsqueda se me revelara paso a paso más bien como una forma de entender, absorber todo lo que mis sentidos percibían entre tantos y tantos estímulos. Enumerar es imposible, y además inútil. El Ecuador es un país más que diverso: es demasiado complejo. Pero sí que me atrevo a rescatar esa mudanza improvisada el día en que tu madre logró recuperar su casa después de tantos problemas. Y es que entre cajas, muebles, y todo tipo de objetos, aparecieron unos retratos de ti. Me quedé hipnotizado, sentí una mezcla de deseo, nostalgia, cariño... incluso envidia de todos los chicos que disfrutaron de tu exultante belleza antes que yo, lo confieso. Tenía que llevarme esas fotografías, de alguna forma, conmigo.
Por todo eso y por mucho más, no pude retener mis lágrimas en el aeropuerto a la hora del retorno, cuando tu madre me dijo unas palabras que, aunque hermosas, eran innecesarias. Amanda, soy yo quien te da las gracias por haber parido al hombre que me quiere, que me ve, que me hace feliz.
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