El hombre, a veces,
se abandona a la melancolía
y vuelve a ser el niño solitario,
el niño que pensaba
y pensaba,
quería hallar respuestas,
tantas como estrellas en el cielo ecuatorial,
en la noche del tiempo el niño soñaba
porque el mundo era extraño,
porque el amor era extraño,
porque todo era extraño
y el niño
demasiado hermoso,
tan hermoso
que es un milagro
que ahora el hombre
se abandone a la melancolía entre mis brazos,
su cabecita perfecta
descansando en mis muslos
y mis dedos
labrando el amor en su cabello.
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
8 de marzo de 2006
7 de marzo de 2006
Amor...
Si te hubiera conocido de niño
habrías sido mi mejor amigo,
de eso me habría encargado yo,
habríamos estado juntos en los recreos,
hablando de todo y nada
como hacen los niños,
te habría pegado de puros celos
si te hubiera visto hablando con otro
en vez de conmigo
(ya lo hice a los seis años, te lo advierto,
con mi mejor amigo),
habría pasado tardes y tardes en tu casa
haciendo los deberes contigo,
jugando contigo,
creciendo contigo,
tratando de entender el mundo a tu lado,
y tal vez de adolescentes,
quién sabe,
me habría atrevido a mirarte
con otros ojos,
a mirarte
con amor,
el que siempre te habría tenido,
porque a juzgar por las fotos que me enseñaste
eras tan hermoso,
tan sensible,
que me habrías vuelto loco
si te hubiera conocido
antes de dejar de ser un niño
y olvidar que desde siempre
te buscaba sin saberlo.
habrías sido mi mejor amigo,
de eso me habría encargado yo,
habríamos estado juntos en los recreos,
hablando de todo y nada
como hacen los niños,
te habría pegado de puros celos
si te hubiera visto hablando con otro
en vez de conmigo
(ya lo hice a los seis años, te lo advierto,
con mi mejor amigo),
habría pasado tardes y tardes en tu casa
haciendo los deberes contigo,
jugando contigo,
creciendo contigo,
tratando de entender el mundo a tu lado,
y tal vez de adolescentes,
quién sabe,
me habría atrevido a mirarte
con otros ojos,
a mirarte
con amor,
el que siempre te habría tenido,
porque a juzgar por las fotos que me enseñaste
eras tan hermoso,
tan sensible,
que me habrías vuelto loco
si te hubiera conocido
antes de dejar de ser un niño
y olvidar que desde siempre
te buscaba sin saberlo.
6 de marzo de 2006
A cámara lenta
Quizás haya sido la medicación, su efecto onírico. O, tal vez, haber pasado casi dos días en cama. Todavía con un poco de fiebre, he decidido salir a mediodía. Los peatones, la luz aplastando las fachadas, las nubes deslizándose en el cielo... Todo lo veía a cámara lenta. Elegir los platos del menú en la casa de comidas ha resultado más sencillo de lo habitual, de alguna forma era como si siguiera un guión y yo sólo tuviera que dejarme llevar. Después, mis pasos me han arrastrado a través del Barrio de las Letras, perezoso, deteniéndome en portales y escaparates. He llegado a una plaza detrás de Sol, solitaria a esa hora incierta de la tarde. El cansancio ha vuelto, me dolían las piernas y mi peso se ha abatido sobre un banco. Allí he dejado que los sentidos condujeran mis pensamientos. Quizás por eso, más que pensamientos han sido reflejos de sensaciones. Observar a las palomas libres para volar o aterrizar al pie de un árbol y picotear migajas del suelo. La gente, yendo o viniendo de lugares, siguiendo su trayecto diario que hoy, circunstancialmente, se cruzaba con el mío. El ruido de la ciudad, los coches, voces perdidas, amortiguado en ese rincón que fácilmente podría haber sido parisino. Sí, fugazmente me he sentido en París. Y no existía ni mi trabajo, ni mi casa, ni el resto de mi vida. Era yo, despojado de todo, reducido al recuerdo mínimo de mí, sentado en una plaza de París sin ningún propósito.
A cámara lenta, abandonándome a la misma inevitabilidad que me había guiado hasta allí, he reemprendido mi paseo.
A cámara lenta, abandonándome a la misma inevitabilidad que me había guiado hasta allí, he reemprendido mi paseo.
3 de marzo de 2006
Auto
A veces me pregunto sobre la naturaleza de este blog. Trato de ser consciente de qué implica que continuamente escriba poemas y textos que otros leerán. Siempre llego a la conclusión de que este diario íntimo –pero tan público– es, como todos y cada uno de los blogs que existen, el alivio a una necesidad humana tan básica como ser escuchado, atendido, singularizado del resto. Por la misma razón, en vez de guardar en cassettes mis canciones, voy a un estudio y las grabo para poder mostrarlas a amigos y enviarlas a radios y compañías en la esperanza de ampliar mi círculo de seguidores.
Pero este nivel de exposición tiene sus inconvenientes. A mí, personalmente, me vale la pena, me vale el dolor y el sufrimiento desnudar mi mente en este espacio virtual. ¿Y cuál es esa pena, cuál es ese dolor, se preguntará el lector inteligente? Es la grieta en la coraza que se abre, el mapa de mis puntos débiles, la vulnerabilidad que supone exponer día tras día todo de mí. Creo que durante la vida de este blog hay quien se ha aprovechado de ello. Me entristece, pero es así como lo siento. No, no voy a dejar de escribir. Mi blog disfruta de plena salud y tiene una larga vida por delante. Simplemente debo hacerme fuerte y superar lo que, probablemente, nunca mereció mi atención.
Dicho esto, hoy me apetece volcar en estas líneas que León y yo hemos decidido vivir bajo el mismo techo (o sobre la misma cama, para ser más exacto y sincero). En pocas semanas será un hecho. Tengo ganas, muchas ganas, aunque en realidad es una consecuencia lógica de todo el tiempo que pasamos juntos, de todo lo que compartimos ya y que no tiene límite. Además nos permitirá ahorrar parte del dinero que actualmente nos sustraen nuestros señores feudales –digo caseros– para gastarlo con saña en viajes, grabaciones, obras teatrales... Proyectos, en suma, que ya son comunes e indisolubles de nuestro amor.
Querido lector, gracias por tu mirada. Siempre.
Pero este nivel de exposición tiene sus inconvenientes. A mí, personalmente, me vale la pena, me vale el dolor y el sufrimiento desnudar mi mente en este espacio virtual. ¿Y cuál es esa pena, cuál es ese dolor, se preguntará el lector inteligente? Es la grieta en la coraza que se abre, el mapa de mis puntos débiles, la vulnerabilidad que supone exponer día tras día todo de mí. Creo que durante la vida de este blog hay quien se ha aprovechado de ello. Me entristece, pero es así como lo siento. No, no voy a dejar de escribir. Mi blog disfruta de plena salud y tiene una larga vida por delante. Simplemente debo hacerme fuerte y superar lo que, probablemente, nunca mereció mi atención.
Dicho esto, hoy me apetece volcar en estas líneas que León y yo hemos decidido vivir bajo el mismo techo (o sobre la misma cama, para ser más exacto y sincero). En pocas semanas será un hecho. Tengo ganas, muchas ganas, aunque en realidad es una consecuencia lógica de todo el tiempo que pasamos juntos, de todo lo que compartimos ya y que no tiene límite. Además nos permitirá ahorrar parte del dinero que actualmente nos sustraen nuestros señores feudales –digo caseros– para gastarlo con saña en viajes, grabaciones, obras teatrales... Proyectos, en suma, que ya son comunes e indisolubles de nuestro amor.
Querido lector, gracias por tu mirada. Siempre.
1 de marzo de 2006
Razones de la tristeza
El chico que quiero se siente triste a menudo. Le quiero por esa tristeza. Bueno, no sólo por eso, pero es su tristeza lo que me mata de él. Y es que puede ponerse triste pensando en que debería ganar cierto premio de poesía, recordando un olor de su Quito natal o, simplemente, haciendo mimos a su gato. Esas razones me desarman aún más que la tristeza que le provocan.
Ahora estoy yo triste. Creo que por eso he recordado su tristeza, ésa que me hace quererle. Me da pudor nombrar la razón de esto que siento, es menos enternecedora que las suyas, aunque sé que a fuerza de amor él sabrá mitigar mi rabia, mi impotencia que –como siempre me ocurre– ha terminado entristeciéndome.
Sé que es sólo un ratito, sólo esta tarde, sé que pronto me volveré a reír con ganas, y sé que al ver de nuevo al chico que quiero, volveré a amarle, a besar su piel y buscar mi placer en el suyo. Sé que nuestra tristeza no será triste.
Pero ahora esta tristeza es todo lo que hay, y por eso lo escribo.
Ahora estoy yo triste. Creo que por eso he recordado su tristeza, ésa que me hace quererle. Me da pudor nombrar la razón de esto que siento, es menos enternecedora que las suyas, aunque sé que a fuerza de amor él sabrá mitigar mi rabia, mi impotencia que –como siempre me ocurre– ha terminado entristeciéndome.
Sé que es sólo un ratito, sólo esta tarde, sé que pronto me volveré a reír con ganas, y sé que al ver de nuevo al chico que quiero, volveré a amarle, a besar su piel y buscar mi placer en el suyo. Sé que nuestra tristeza no será triste.
Pero ahora esta tristeza es todo lo que hay, y por eso lo escribo.
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