Mañana es 1 de abril, y se cumple un año desde que abrí este blog. Dado que casi siempre escribo desde el trabajo (primera confesión, aunque intuyo que la compartirían muchos blogueros...), he decidido adelantar a hoy su pequeña fiesta de aniversario.
Empecé sin un propósito definido. Mi blog era un cajón desastre. En este tiempo ha habido cambios de diseño, enlaces que se añadieron o desaparecieron, posts que sucumbieron a cribas sucesivas... Este espacio ha reflejado fielmente mis transiciones vitales durante los últimos doce meses. Valga como ejemplo que el primer blog que leí en mi vida, el que me inspiró para abrir inmediatamente el mío, fue el del chico al que ahora amo, a quien había conocido tan sólo unos días antes (segunda confesión...).
Creo que nada mejor que recuperar hoy mi primer post. Releyéndolo, me he dado cuenta de que ya marcaba el tono que finalmente ha adquirido este blog. Como la mayoría de mis textos, nació de la realidad aunque al escribirlo sea ya –y ése es el poder del narrador– literatura.
Gracias a quienes me leéis, de corazón. Vosotros le dais sentido a mis palabras. Y esto, lo sabéis, no es ninguna confesión.
Vida en una basura
Una calle cualquiera de Madrid. Viernes, 8 de la mañana, invierno. Camino del trabajo. En una esquina, un cubo de basura rebosado. Sobre la acera yacen papeles aparentemente sin importancia, pisoteados por los transeúntes que antes de mí han pasado por allí. Por qué me detengo, por qué me agacho y tomo en mis manos una postal fechada en 1965, por qué leo... No lo sé, mi natural curiosidad, poco importa. Pronto intuyo que gran parte de esa basura tiene conexión entre sí, que antes de ser basura era parte de una vida. Titubeante, temeroso de lo que otras personas puedan pensar de mí, levanto la tapa y hurgo entre cajas de cartón, prendas desgastadas, objetos sin orden. No llevo cartera, mochila, nada donde ocultar lo que ya considero un botín. Entro en una papelería y compro algo suficientemente grande como para que me den una bolsa y guardar todo hasta salir de mi oficina, hasta que lleguen las 3 y recobre, con más pulsión que de costumbre, mi vida.
Al llegar a casa desparramo el contenido sobre el sofá, en un gesto que me recuerda –pero yo no lo he vivido- el gesto de quien fuera que vertiera el día anterior todo aquello en un cubo, amparado en la impunidad de la noche. Un nombre y apellidos, un hombre que tuvo una mujer, hermanas que durante la dictadura le escriben desde Francia inofensivas postales de cariño, menús de cenas de un club de socios en hoteles de 3 estrellas, recordatorios de comunión, cuentas para llegar a fin de mes, cuartillas amarillentas de periódico, y fotos, muchas fotos... Sólo falta algo, tan obvio que su ausencia da sentido a todo lo demás: una esquela con ese nombre, esos apellidos que acaso nadie volverá a pronunciar.
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
31 de marzo de 2006
30 de marzo de 2006
La rabia
Tenía ocho años. Jugaba a gol-portero con mi hermano y mi padre en el Jardín de Invierno, mi rincón favorito del Parque Grande de Zaragoza. Al ir corriendo con el balón, me choqué con un chico de mi mismo curso que siempre se metía conmigo en el colegio sin motivo. Entonces él me empujó, o me tiró del pelo, algo hizo que me provocó una rabia feroz. ¿Fue la reiteración, la excitación del ejercicio físico, la necesidad de demostrarle a mi padre que no era un cobarde? Sólo sé que me abalancé sobre él y le cogí del cuello amenazándole con que ésa era la última vez. Y así fue. Me sentí extraño. Fuera de mí, otro. Más fuerte.
Yo era un niño pacífico, nunca me metía con nadie injustificadamente. De hecho, odiaba a quienes lo hacían. Quizá por eso resultaba un blanco fácil, evidente. Era empollón, gafotas, amanerado (no lo sabía, pero ocasionalmente no faltó quien me dedicara el peor insulto)... De todas formas, creo que logré pasar suficientemente desapercibido para no desarrollar trauma alguno. Casi siempre supe esquivar el peligro.
La rabia, ésa que de niños sentimos, vuelve de adultos. Y resulta que no es menos intensa, en absoluto. Además, es más difícil de canalizar. A mi edad, uno ya he aprendido a no agarrar a la gente del cuello, a no estallar en gritos. Y la rabia refrenada es más nociva. Hoy he recordado, al mismo tiempo que ese lance infantil, la noche en que un chico que me gustaba mucho pero que no me correspondía, me besó fugazmente en los labios para despedirse de mí. Yo me iba ya a casa, él a la Ohm con otro amigo. Recuerdo haber recorrido la Gran vía en lágrimas, maldiciéndole a él, maldiciéndome a mí por exponerme a una situación así.
Los mecanismos de daño son más sutiles ahora. Quizás por ello son más efectivos. La inteligencia se une a la experiencia. Y, al menos yo, sigo siendo igual de vulnerable.
Definitivamente, la furia, la frustración, las ganas de poner a los cabrones en su sitio, no cesan.
Yo era un niño pacífico, nunca me metía con nadie injustificadamente. De hecho, odiaba a quienes lo hacían. Quizá por eso resultaba un blanco fácil, evidente. Era empollón, gafotas, amanerado (no lo sabía, pero ocasionalmente no faltó quien me dedicara el peor insulto)... De todas formas, creo que logré pasar suficientemente desapercibido para no desarrollar trauma alguno. Casi siempre supe esquivar el peligro.
La rabia, ésa que de niños sentimos, vuelve de adultos. Y resulta que no es menos intensa, en absoluto. Además, es más difícil de canalizar. A mi edad, uno ya he aprendido a no agarrar a la gente del cuello, a no estallar en gritos. Y la rabia refrenada es más nociva. Hoy he recordado, al mismo tiempo que ese lance infantil, la noche en que un chico que me gustaba mucho pero que no me correspondía, me besó fugazmente en los labios para despedirse de mí. Yo me iba ya a casa, él a la Ohm con otro amigo. Recuerdo haber recorrido la Gran vía en lágrimas, maldiciéndole a él, maldiciéndome a mí por exponerme a una situación así.
Los mecanismos de daño son más sutiles ahora. Quizás por ello son más efectivos. La inteligencia se une a la experiencia. Y, al menos yo, sigo siendo igual de vulnerable.
Definitivamente, la furia, la frustración, las ganas de poner a los cabrones en su sitio, no cesan.
29 de marzo de 2006
En la distancia
Amor,
estos días puedo verte
cubierto de mil caricias
y besos de tu mamá,
comiendo sus desayunos,
sus almuerzos y meriendas,
bajo su mirada,
sus ojos donde el orgullo
y la imparable pérdida
se baten.
dicen que nunca se vuelve
al hogar donde crecimos,
y es que la gente envejece,
y los lugares, cariño;
incluso tú, mi hombre bello,
ya nunca serás el mismo
que ahora, en este momento,
amo, deseo, imagino...
No sufras más por el tiempo,
¿ves que no tiene sentido?
¿o es que sufres por el viento,
la marea o el destino?
Amor, mírame a los ojos...
¿me explico?
estos días puedo verte
cubierto de mil caricias
y besos de tu mamá,
comiendo sus desayunos,
sus almuerzos y meriendas,
bajo su mirada,
sus ojos donde el orgullo
y la imparable pérdida
se baten.
dicen que nunca se vuelve
al hogar donde crecimos,
y es que la gente envejece,
y los lugares, cariño;
incluso tú, mi hombre bello,
ya nunca serás el mismo
que ahora, en este momento,
amo, deseo, imagino...
No sufras más por el tiempo,
¿ves que no tiene sentido?
¿o es que sufres por el viento,
la marea o el destino?
Amor, mírame a los ojos...
¿me explico?
28 de marzo de 2006
Despertar
Ella dice
dormías cuando llegué
sin matices;
él responde
lo sé
y cierra los ojos.
Luz densa sobre la cama,
mezcla de humo y sudor:
dos cuerpos solitarios
alejándose
como grito y eco.
Ella alarga el brazo
y enciende su móvil;
ambos quedan en silencio.
Resuenan dos beep.
Él no se mueve,
ella se levanta.
Hoy es sábado.
dormías cuando llegué
sin matices;
él responde
lo sé
y cierra los ojos.
Luz densa sobre la cama,
mezcla de humo y sudor:
dos cuerpos solitarios
alejándose
como grito y eco.
Ella alarga el brazo
y enciende su móvil;
ambos quedan en silencio.
Resuenan dos beep.
Él no se mueve,
ella se levanta.
Hoy es sábado.
27 de marzo de 2006
Perdurabilidad
Años de amor en un cajón. Una carrera universitaria, cursos de idiomas y certificados de aptitud contenidos en una sola carpeta. Jerseys vapuleados, DVDs sin abrir, relojes parados... Con mi memoria desparramada en torno a mí, me siento en el suelo y contemplo el paisaje de mi vida. Me da pudor redescubrir los significados de esos objetos. Pudor o más bien temor camuflado de pereza. Al fin y al cabo, hasta esta mudanza todo yacía sepultado sin que casi nunca me haya animado a desenterrar nada durante mis cuatro años en el apartamento que hoy dejo definitivamente. Pero sé que no es pereza. Observo esta montaña material del pasado y la percibo como un volcán en inactividad. Sé que apenas tome en mis manos ese peluche, volverá a conmoverme el brillo en los ojos del chico que me lo regaló; o si reabro esa carta con sobre violeta, esta habitación será la de casa de mis padres y yaceré tumbado leyéndola y releyéndola con la voracidad del primer amor...
Hoy trazo un nuevo punto de inflexión en mi vida.
Aunque ya poseo objetos tuyos, quiteño, ahora que vamos a vivir juntos coleccionaré muchos más.
Nuestra tierra tiembla. La erupción es hermosa, violenta. Parece imparable. Lo parece.
Sigamos siendo, cada instante, los guardianes del volcán.
Te amo.
Hoy trazo un nuevo punto de inflexión en mi vida.
Aunque ya poseo objetos tuyos, quiteño, ahora que vamos a vivir juntos coleccionaré muchos más.
Nuestra tierra tiembla. La erupción es hermosa, violenta. Parece imparable. Lo parece.
Sigamos siendo, cada instante, los guardianes del volcán.
Te amo.
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