Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
6 de junio de 2006
Octubre 2004
Miércoles, nueve de la noche, cuatro días y un desengaño, se llama –se llamaba– Gaël, y todo ha quedado en aceleración de latidos frenada por su miedo a que un capricho de unos días, extranjero y lánguido, durase algo más, y esto sucede en París, sí, qué mejor lugar para enamorarse... pero qué ignorante él, qué lejos de este amante lánguido caer en el sentimiento, yo que vengo de hundirme en el desamor, que aún no sé si toqué fondo, y tú, Pascal (con c, por tu madre catalana) cazas al vuelo mi agonía, mi arrebato que me empuja a los bares cuando el viento penetra la noche, harto de caminar por una ciudad que ya conozco de memoria, afuera el viento y la lluvia y el frío de octubre, frío de pato que dicen por aquí veté tú a saber por qué, y yo en la barra de un bar en penumbra donde casi no te veo pero te sonrío porque hoy no quiero dormir solo, Pascal, y me da igual que no seas ni tan guapo ni tan joven como Gaël, me pareces más cariñoso y eso es lo que hoy me importa y por eso flirteo contigo sin remedio, dejo que me mires así, dejo que me pagues la cerveza y hasta dejo que me tomes de la cintura, y cuando te pregunto si todavía habrá metro, tú me entiendes a la perfección y nadie tiene que decir nada porque ya me estás llevando de la cintura a tu casa, tu petit appartement que me encanta cuando entro, y es que mil orquídeas abarrotan el recibidor y un piano decora el salón, y en medio del mundo, tu mundo que hoy hago mío, me encierras en tus brazos y me besas, y sin prisa emprendemos el eterno rito que nos llevará a la verdad de la piel o su mentira seductora, el sueño que llega al alba, la vida desgranada entre tazas de desayuno y mi idea loca de mudarme a tu casa hasta mi partida, a la noche traer mis cosas del albergue, necesito tu pecho estos días, necesito tu ansia por tocarme, por hacerme el amor, y llegará el sábado y me despedirás por sorpresa sentado al piano, esa sonata de Schumann que me estremece y me dibuja en tus estanterías, tu alfombra o la luz que irrumpe en la música y el tiempo, y cuando me digas un adiós que se querría menos definitivo, sabré decirte que no he caído en el amor pero que te recordaré siempre, Pascal.
2 de junio de 2006
Mi vida contigo
Nos espera,
sí,
la poesía:
tantos momentos...
Luces de alba,
calidez en cada surco,
cada cima de tu piel,
el camino,
el atajo a tu centro,
nuestro amor.
Y vendrá el mañana
para negarnos,
y tú y yo blandiremos besos
y a piel desnuda,
desafiando el tiempo,
dejaremos que el mar cubra la arena.
Colmados
y aún sedientos.
sí,
la poesía:
tantos momentos...
Luces de alba,
calidez en cada surco,
cada cima de tu piel,
el camino,
el atajo a tu centro,
nuestro amor.
Y vendrá el mañana
para negarnos,
y tú y yo blandiremos besos
y a piel desnuda,
desafiando el tiempo,
dejaremos que el mar cubra la arena.
Colmados
y aún sedientos.
Reflexión/inflexión
¿Quién ignora que en cada ataque o crítica a alguien hay un componente de necesidad, de dependencia de quien atacamos o criticamos? Aunque sólo sea por mera negación, lo precisamos para definirnos. Esto, por supuesto, me lo aplico tanto a mí como a quien me tiene como objeto de su sátira, su frustración, su rabia por tener que autoafirmarse continuamente en este mundo donde ser individuo sin más cuesta muchísimo, donde la libertad se gana luchando.
No soy cristiano, carezco de fe. No obro por código moral sino ético, personal. Pero creedme aquellos que no me queréis bien: os entiendo, trato de hacerlo cada día tal y como trato de entenderme a mí mismo. Creo que lo logro en buena medida. Y os juzgo, claro que sí, al igual que me juzgáis a mí, al igual que juzgamos el amanecer o el sabor de los besos del amado, al igual que nos juzgamos en vano en cada uno de nuestros actos. Porque quien diga que no se juzga a sí mismo, miente. O, peor aún, avanza ignorante y ciego.
Y ahora, avancemos. La poesía, la vida, nos espera.
No soy cristiano, carezco de fe. No obro por código moral sino ético, personal. Pero creedme aquellos que no me queréis bien: os entiendo, trato de hacerlo cada día tal y como trato de entenderme a mí mismo. Creo que lo logro en buena medida. Y os juzgo, claro que sí, al igual que me juzgáis a mí, al igual que juzgamos el amanecer o el sabor de los besos del amado, al igual que nos juzgamos en vano en cada uno de nuestros actos. Porque quien diga que no se juzga a sí mismo, miente. O, peor aún, avanza ignorante y ciego.
Y ahora, avancemos. La poesía, la vida, nos espera.
1 de junio de 2006
Fue
Fue escucharte dentro de la casa, abrir la puerta, dejar que me abrazaras, que abandonases lo que estabas haciendo y me llevaras al dormitorio, fue aventar con rabia los zapatos, el pantalón, abrazarme a todo tu cuerpo, habitar el olor que duerme en tu pecho, besar tus labios suculentos como gajos de papaya y olvidar el cansancio, el hastío de la oficina y los ruidos de la calle, y sólo escucharnos a ti y a mí haciendo el amor, fue cabalgar entre tus piernas, ventear mi mente y ofrecer mi desnudez para tu goce, el grito abismal, desplomarnos como el cielo se desplomaba sobre la ciudad y lentamente oscurecía y nos arrastraba en suave cadencia hacia la noche, el sueño.
Fue amarte más que nunca, menos que mañana.
Fue amarte más que nunca, menos que mañana.
Confesión
Suele golpearme el recuerdo de tu ramo de rosas, tus veinte hermosos años gritando de amor, estallando como aquella primavera en el Midwest, como lo nuestro, y es que lo habías guardado en el maletero para que no lo viera y sólo me lo entregaste al final, en esa esquina a una manzana de mi casa donde siempre nos despedíamos, un poco reblandecido ya, pálido, como si todo el brillo de sus pétalos hubiese flotado hasta tus ojos, tus ojos limpios, azul puro, que irradiaban todo lo que sentías por mí y que yo no supe, no pude corresponder hasta que, ya lejos la primavera, volví a mi país y comencé a echarte de menos.
Nunca te dije que tuve que tirar aquel ramo, Little John, en un cubo de basura de aquella manzana que separaba mis dos vidas. No podía hacerle más daño a quien me esperaba al otro lado.
Nunca te dije que tuve que tirar aquel ramo, Little John, en un cubo de basura de aquella manzana que separaba mis dos vidas. No podía hacerle más daño a quien me esperaba al otro lado.
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