Esta noche he tenido un sueño.
Resulta que Google Street View se había grabado en vídeo desde los 90, con archivo y, lo más importante, en plan realidad virtual.
Empecé prudente por aparecer hace unos años en Callao. Era alucinante estar allí, sí, pero se parecía bastante a ahora. Ya lo había vivido.
Elegí otra vez Callao, 1995: la FNAC con carteles de cine de anacrónicos, otros edificios irreconocibles, bocas de metro extrañas...
Tal vez la técnica no estaría refinada al principio. La gente no me veía, pero yo no podía haber estado en esa grabación. Me parecía normal.
Me apeteció volver a casa en metro, o puede que temiera algo. El mapa de líneas se ajustaba más o menos, así que me metí.
Mis euros no valían de nada, mis tarjetas tampoco. Estaba desvalido, pero los sueños son mágicos y de pronto había dejado atrás los tornos.
La confusión era obvia, ¿acaso habían grabado bajo tierra? Paredes de colores (inexistentes en 1995), halls inútiles, pasillos sin fin...
Eché a correr. Me tropezaba con la gente, jadeaba, empujaba puertas que se abrían a nuevos espacios que nunca llevaban a ningún andén.
Creo escuchar un rumor. ¡Es un tren! Ya me da igual la línea o en qué dirección vaya. Subo unas escaleras y llego al andén, se acerca.
Algo me aterroriza cuando se detiene: no hay nadie dentro. El andén está igualmente vacío. Aunque lo peor está por venir.
Los sueños pueden ser mágicos, pero también terribles: ahora estoy de pie en el túnel y el tren va a reiniciar su marcha. Va a arrollarme.
Cierro los ojos y hago zoom out hasta el presente. Estoy en Zaragoza, en la cama del que fue mi cuarto hasta los veinticuatro años.
Entonces me pregunto si podría haber soñado esto en Madrid, en mi cama, en esa casa a la que quería volver en mi sueño.
Vuelvo a dormirme.
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
15 de julio de 2017
18 de mayo de 2015
DE VECINO A VECINO
Me dirijo a ti con motivo de las elecciones del próximo domingo. En concreto, querría hablarte de Manuela Carmena, la candidata de AHORA MADRID a nuestra alcaldía. Puede que ya la conozcas y pienses votarla. En ese caso, solo debo pedirte que intentes convencer a toda la gente que puedas de acudir el domingo 24 a hacer lo mismo. Es necesario, es útil, es un bien que nos haríamos a todos, incluso a los que van a votar otras opciones políticas. Porque tú y yo sabemos que una Manuela alcaldesa haría de todo Madrid, para todas las personas, un lugar mejor.
Si, por el contrario, no la conoces o no piensas
votarla, te pido con la mayor humildad que leas lo que deseo contarte. La
candidatura de AHORA MADRID no pertenece a ningún partido. Sus personas han
sido elegidas una a una en libertad por todo el que ha querido participar.
Manuela es de izquierdas y no lo niega. Quiero contarte que para ella ser de
izquierdas es “luchar siempre por la igualdad, tener claro que las grandes
mayorías tienen que tener los mismos derechos que las minorías privilegiadas”.
Ser de izquierdas es “poner en práctica los derechos humanos”. Y es que Manuela
opina que “no se puede ser una persona cabal si no te hiere la desigualdad que
ahora vivimos”. Qué cosa tan temible ser de izquierdas, ¿verdad?
Sin embargo, ¿hace falta ser de izquierdas para
votar AHORA MADRID? Créeme: rotundamente, no. Los grandes medios y partidos han
querido meter miedo con temas como las pensiones y las hipotecas, parece que si
no gobiernan ellos, la economía se irá a pique, cuando la única verdad es que
quienes han puesto en riesgo nuestro bienestar, especialmente el de la gente
mayor, son el PP y el PSOE. Ellos han gobernado durante más de 30 años podridos
de corrupción, de despotismo, a espaldas de los vecinos de esta ciudad como tú
y como yo. Pondría no una, sino mis dos manos en el fuego, por Manuela Carmena
y el resto de personas de su candidatura.
Pero lo que hace falta es poner juntos nuestras manos en la urna donde
nos toca votar, con un sobre lleno de la ilusión de una papeleta, la de AHORA
MADRID, que nos representa a todos, que nos quiere ver felices a todos,
orgullosos de esta ciudad que se ha vuelto sucia, triste, más inhóspita.
Nadie me paga por contarte esto. Soy un vecino tuyo
que ha pensado que debía contarte por qué voy a votar a Manuela Carmena y por
qué creo que cualquier persona sensible e inteligente debería hacerlo. Si
miramos a los ojos de cada candidato a la alcaldía, si de verdad vemos los
debates que van a tener lugar justamente entre hoy lunes y el miércoles en
Telemadrid y les escuchamos con atención, creo que mis palabras quedarán mucho
más pequeñas de lo que ya son cuando Manuela hable y explique su idea y sus
propuestas para esta ciudad frente a las ideas y propuestas del resto.
Gracias por leerme, gracias por querer lo mejor para
Madrid votes lo que votes.
25 de marzo de 2015
Destruye todo lo que toques
Christian, Bruno y Alex. Había mas chicos en el Gris, pero fue con ellos con quienes hablé y compartí la compañía instantánea, la compresión limitada, un desvío de la vida que nos arrastra más allá de lo predecible, del inminente tedio de los días marcados por alarmas, horas de entrada, de comida, de todas las obligaciones sin las que no podemos pertenecer a una ciudad, a nuestros amigos, a lo esperable de nosotros como personas. Si algo prometen las noches entre semana es (des)esperanza. Repito sus nombres –Christian, Bruno (ex de Christian, aún le quiere, le ha seguido desde Vigo como si fuera lo más normal del mundo) y Alex– porque si no, los olvidaré como he olvidado con el tiempo qué hice, con quién hablé, qué andaba buscando realmente una noche así.
Desde que llegué a Madrid he atravesado épocas vitales necesarias, estúpidas, diversas en todo caso, y el Gris ha permanecido como ese hogar al que volver para sanar del dolor que el mundo me inflige o purgar el daño que yo inflijo al mundo. En el Gris me siento absuelto de mis pecados, allí entiendo mejor y llego a perdonar la condición humana que me ha tocado vivir. El Gris es una elección, incluso caprichosa, aunque no haya otras coordenadas de la geografía emocional marica de Madrid donde me sienta "hallado".
What you touch you don't feel, dicen Ladytron. Mejor no tocar, mejor observar como yo a esos jóvenes borrachos, enamorados, insensatos, desde mi propio dolor, mi comprensión y a la vez mi rechazo por lo que somos. Huimos transitoriamente de lo inevitable y hay momentos en que nos creemos tan guapos, tan jóvenes, tan a salvo del monstruo que constantemente nos acecha. Pero no: el monstruo lo llevamos dentro.
¿Qué me mueve? No he superado el fracaso. Es así de sencillo. No he superado haberme fallado a mí mismo y a la persona que estaba enamorada de mí. Lo vemos en series, en películas, lo vemos en la vida: el amor no suele durar. Y, sin embargo, seguimos creyendo en lo más hondo que la pareja es un concepto posible de supervivencia. Y ahora que he vuelto a descubrir que el amor más hermoso puede no adaptarse a esa convención, soy esclavo de esa otra idea impregnada de comerle a la vida lo que he perdido a fuerza de bocados que no por voraces dejan de ser poco nutritivos para el alma. Quizá mi otra tendencia en malas épocas como esta, la de disolverme en ficciones ajenas metido en la cama y rozar el mundo lo justo, no sea tan desacertada.
Sí, a veces siento que me muevo, a veces recupero antiguas sensaciones de fuerza, de independencia, de felicidad. No están ligadas necesariamente al alcohol o a la noche, puede pasarme en un día luminoso que decido tomar para mí. Pero no perduran, no son la realidad. Todavía.
Estoy solo, ese es mi material de trabajo.
Desde que llegué a Madrid he atravesado épocas vitales necesarias, estúpidas, diversas en todo caso, y el Gris ha permanecido como ese hogar al que volver para sanar del dolor que el mundo me inflige o purgar el daño que yo inflijo al mundo. En el Gris me siento absuelto de mis pecados, allí entiendo mejor y llego a perdonar la condición humana que me ha tocado vivir. El Gris es una elección, incluso caprichosa, aunque no haya otras coordenadas de la geografía emocional marica de Madrid donde me sienta "hallado".
What you touch you don't feel, dicen Ladytron. Mejor no tocar, mejor observar como yo a esos jóvenes borrachos, enamorados, insensatos, desde mi propio dolor, mi comprensión y a la vez mi rechazo por lo que somos. Huimos transitoriamente de lo inevitable y hay momentos en que nos creemos tan guapos, tan jóvenes, tan a salvo del monstruo que constantemente nos acecha. Pero no: el monstruo lo llevamos dentro.
¿Qué me mueve? No he superado el fracaso. Es así de sencillo. No he superado haberme fallado a mí mismo y a la persona que estaba enamorada de mí. Lo vemos en series, en películas, lo vemos en la vida: el amor no suele durar. Y, sin embargo, seguimos creyendo en lo más hondo que la pareja es un concepto posible de supervivencia. Y ahora que he vuelto a descubrir que el amor más hermoso puede no adaptarse a esa convención, soy esclavo de esa otra idea impregnada de comerle a la vida lo que he perdido a fuerza de bocados que no por voraces dejan de ser poco nutritivos para el alma. Quizá mi otra tendencia en malas épocas como esta, la de disolverme en ficciones ajenas metido en la cama y rozar el mundo lo justo, no sea tan desacertada.
Sí, a veces siento que me muevo, a veces recupero antiguas sensaciones de fuerza, de independencia, de felicidad. No están ligadas necesariamente al alcohol o a la noche, puede pasarme en un día luminoso que decido tomar para mí. Pero no perduran, no son la realidad. Todavía.
Estoy solo, ese es mi material de trabajo.
21 de febrero de 2015
Lentitud
Caminando desde Puerta de Toledo hacia Embajadores, el primer tramo de la acera soleada por las mañanas es muy estrecho. Yo había salido a hacer la compra. Un trámite, algo que deseas hacer con rapidez porque no lo eliges, es necesario y poco más. No es un evento que vayas a contar a nadie, no es significativo.
Por esa acera estrecha caminaba una señora mayor. Muy bien arreglada, incluso vestida más como una mujer de cuarenta y pico que como habitualmente lo hacen las de su edad, pero caminaba con lentitud. Mi primer impulso ha sido adelantarla con la mayor educación posible, pidiendo disculpas de antemano, pero determinado a dejarla atrás y llegar cuanto antes a mi destino. Sin embargo, ese pensamiento ha provocado otro de inmediato: "¿Cómo se ve el mundo desde sus ojos?".
Y ha sido así como, primero, me he detenido y, luego, he comenzado a seguirla a una distancia prudente. A su ritmo, sin que llegara a sentir mi presencia a sus espaldas. He alzado mi mirada un poco más arriba de la altura de mis ojos, he girado mi cabeza hacia la otra acera, hacia el tráfico. Un señor pedaleaba, la luz del sol reflectaba contra el parabrisas de los coches mucho más veloces, una chimenea de las que salpican el distrito de Arganzuela se elevaba contra el cielo saturado de azul.
Es un tópico lo de la inmediatez en una gran ciudad. Muchas veces ocurre solamente que no somos capaces de transformar nuestro paso, nuestra velocidad de percepción. La lentitud es un valor que cotiza a la baja. Como la vejez, como la belleza natural de lo que ya se marchita. Nos señalan con demasiada claridad nuestro propio declive. Por tanto hay que ser joven y dinámico, los cuarenta son los nuevos treinta, y qué insatisfechos que andamos. Ha sido extraño, sin duda, adaptarme a ese paso que hace discurrir el mundo más rápido. He sentido lo que muchos ancianos sienten: que la vida les deja atrás. Y es que solo hay otros seres que caminan tan despacio como los ancianos: los niños. Y entonces me doy cuenta de que no es casualidad su mirada asombrada, su constante excitación ante lo que les rodea.
Sé que volveré a recorrer a toda velocidad estaciones de metro, avenidas, pasillos de oficina. Sé que no siempre se puede cambiar el ritmo. Pero también sé que durante cien metros he estado más conectado con el mundo que en todos los kilómetros que devoro cada semana en tránsitos igual de obligados, igual de poco memorables que ese tramo estrecho de acera que arranca de Puerta de Toledo en dirección a Embajadores, con el sol deslumbrante de mediodía en el rostro, con un pedazo de ciudad como cualquier otro quizá, pero que espera ser observado, amado, recordado.
Y en cada pedazo de ciudad, personas. Y en cada persona, la posibilidad de una lentitud.
18 de febrero de 2015
Prueba y error
Hoy he terminado Canciones de Amor a Quemarropa. Me ha tocado, me ha dejado tambaleando con unas cuantas preguntas y otras tantas respuestas que de tan simples parecen mentira. Pero no, no soy tan distinto de Henry, de Lee o de Kip. Mis necesidades son las mismas: ser amado, encontrar mi lugar, hacer lo correcto... Justamente por ese reconocimiento continuo e intenso con los personajes, me he sentido acompañado en estos días. Sabía que podía abrir la novela donde la había dejado y conectar de nuevo con ese mundo fuera de mi mundo, lejos de Madrid, con otros referentes. Y ahora echo de menos a Henry, a Lee, a Kip, a Ronny, a Beth, a Felicia, incluso a Lucy...Algunos, la mayoría, encuentran la felicidad. Otros no, otros están marcados y no serán capaces de alcanzarla. En todo caso, nada será blanco o negro todo el tiempo. Dicho de otra forma: todos han renunciado a algo, todos han apostado por una clase de felicidad. Y a ella tendrán que aferrarse con toda su fe.
El domingo pasado escribí el primer poema de lo que, espero, será mi nuevo poemario. Tiene un título provisional, tiene un tema central, pero escribir es un acto con vida y no siempre podemos enderezar lo que la mente dicta. Ni siquiera debemos. Eso es lo que más amo de la literatura cuando estoy de este otro lado: dejarla libre, dejar que revele lo que en el fondo quiero revelar más allá de límites previos. Por ahora me toca confiarlo todo a esa impredictibilidad, permitir que el plan se desbarate, seguir los caminos que la razón pone en duda. Mientras me deje llevar, alcanzaré lo que todavía no puedo ver.
Amo GIRLS. Cuando Lena Dunham acierta, te deja paralizado de dolor, de alegría, de chispeante lucidez. El capítulo de este domingo, "Sit-In", ha sido de esos que sobresalen en una serie ya de por sí sobresaliente. Hannah, Marnie y el resto de chicas se enfrentan siempre sin barreras a abismos emocionales que, quienes hemos vivido lo suficiente, hemos sorteado con más o menos fortuna. Los protagonistas jamás tienen certezas absolutas, todo son indicios, señales que pueden malinterpretar, pero eso es todo lo que el mundo posmoderno que habitamos nos permite. Somos incapaces de la coherencia precisa, de la fidelidad tal y como se concebía en anteriores generaciones, la ética ha cambiado y con ella nuestra capacidad de equivocarnos casi a cada paso. Lena Dunham sabe dibujar con un par de trazos situaciones inundadas de interrogantes, de decepciones, de sorpresas maravillosas que nos dan una esperanza efímera. Pero al final estamos tan solos, tan abandonados como los homeless, solo que sin su capacidad para ir por la vida tan desprovistos de todo cuando las circunstancias se conjuran en nuestra contra. En GIRLS no hay lugar para la redención, desde luego no la redención de los protagonistas de Canciones de Amor a Quemarropa.
Son días de prueba y error. Días de no juzgarme más de la cuenta y abrirme a lo que la vida me depara con la capacidad de asombro necesaria. Hay que seguir, avanzar contra nuestros instintos. Todo es ambivalente, todo está ahí esperando a ser descifrado, como una de esas pistas que pueden llevarte o no a resolver un misterio. Merece la pena, pese a todo, porque si el misterio de la vida no lo merece, ¿qué nos queda? Vivir exige destrozar los muros que nos apartan de la improbable felicidad.
Por experiencia, afirmo que los refugios están bien como lugares donde tocar fondo y rebotar con fuerza, con dignidad, con confianza en que los demás no son una masa sino un conjunto de individuos capaces de revelarnos lo más valioso de nosotros, nuestra mejor versión, la más cercana a la que soñamos que seríamos en un futuro que -ahora lo sabemos- se cierne sobre nosotros como un huracán. Pero el destino de todo refugio de la vida allá afuera es la ruina, la reducción a escombros de nuestro miedo y nuestra nostalgia. Permitamos que colapsen y no miremos atrás nunca más.
Dejémonos arrastrar, Qué más da, la ventajas del mundo posmoderno es que podemos cambiarle el decorado y creer que con eso basta, Y nos lo creemos, y con eso suele bastar.
El domingo pasado escribí el primer poema de lo que, espero, será mi nuevo poemario. Tiene un título provisional, tiene un tema central, pero escribir es un acto con vida y no siempre podemos enderezar lo que la mente dicta. Ni siquiera debemos. Eso es lo que más amo de la literatura cuando estoy de este otro lado: dejarla libre, dejar que revele lo que en el fondo quiero revelar más allá de límites previos. Por ahora me toca confiarlo todo a esa impredictibilidad, permitir que el plan se desbarate, seguir los caminos que la razón pone en duda. Mientras me deje llevar, alcanzaré lo que todavía no puedo ver.
Son días de prueba y error. Días de no juzgarme más de la cuenta y abrirme a lo que la vida me depara con la capacidad de asombro necesaria. Hay que seguir, avanzar contra nuestros instintos. Todo es ambivalente, todo está ahí esperando a ser descifrado, como una de esas pistas que pueden llevarte o no a resolver un misterio. Merece la pena, pese a todo, porque si el misterio de la vida no lo merece, ¿qué nos queda? Vivir exige destrozar los muros que nos apartan de la improbable felicidad.
Por experiencia, afirmo que los refugios están bien como lugares donde tocar fondo y rebotar con fuerza, con dignidad, con confianza en que los demás no son una masa sino un conjunto de individuos capaces de revelarnos lo más valioso de nosotros, nuestra mejor versión, la más cercana a la que soñamos que seríamos en un futuro que -ahora lo sabemos- se cierne sobre nosotros como un huracán. Pero el destino de todo refugio de la vida allá afuera es la ruina, la reducción a escombros de nuestro miedo y nuestra nostalgia. Permitamos que colapsen y no miremos atrás nunca más.
Dejémonos arrastrar, Qué más da, la ventajas del mundo posmoderno es que podemos cambiarle el decorado y creer que con eso basta, Y nos lo creemos, y con eso suele bastar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




