Recuerdo aquellas largas mañanas. Yo era el último que se levantaba, pero mis padres llevaban despiertos desde el amanecer. Su ruido iba llenando poco a poco la casa. Primero sus voces, alguna carcajada de mamá. Luego sus pasos cuando salían del dormitorio para ducharse dejando atrás sábanas desechas, con el olor del sexo, del sudor noble de los cuerpos, de la vida compartida en horizontal. Y era cuando papá tenía resaca, en ese lapso prolongado en que lentamente su cuerpo se recuperaba del exceso, que su mente participaba de esa vuelta a la actividad y se mostraba más lúcido, más brillante en sus discursos de cabeza pensante, libérrima y discordante de la izquierda, esa con la que tantos se llenan aún hoy la boca. A mi papá no se le llenaba la boca, no... las palabras le brotaban del pecho, henchido de razón amarga y dolor por un pueblo bajo el yugo de una oligarquía, y mientras mi mamá desplegaba un desayuno sabroso y abundante sobre la mesa y los tres lo devorábamos con la avidez del conocimiento, del amor y la victoria, yo le escuchaba con la boca abierta y, a pesar de los gritos de la noche, sus voces de borracho en el silencio de mis sueños, su cariño etílico que me entristecía y enconaba a partes iguales, en aquellas largas mañanas yo admiraba a aquel hombre, me creía un niño feliz, con la imperturbable conciencia de que cualquier problema tenía solución, de que cualquier instante de sufrimiento se vería sucedido muy pronto por una breve pero intensa felicidad.
Un día mi papá murió, yo tenía diecisiete años. Nunca nuestros desayunos volvieron a ser los mismos, por mucho que mi mamá y yo lo intentásemos. Nada pudimos recobrar, la vida que habíamos tenido junto a él se desvaneció hasta parecer irreal. Luego yo vine a España y mi país, mi pasado, quedó lejos. De otra forma me hubiera hundido. Y pasó que sólo entonces, en el abismo que separa a los vivos de los muertos, en el tiempo voraz que devenía en recuerdo, empecé a entenderle, a ver al hombre que fue con el sosiego que su presencia me había impedido. Entendí su lucha contra sí mismo, contra el mundo, la imposibilidad de que un hombre tan bello, tan cerca y tan lejos de los hombres, sobreviviera a la realidad.
Ahora pienso que si mi papá estuviese, sabríamos querernos como nunca lo hicimos.
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
25 de abril de 2006
24 de abril de 2006
Otras voces, otros ámbitos (1)
Salimos llorando del cine. Teníamos quince años, era una tarde de domingo. Afuera nos esperaba la primavera en pleno estallido después de ver juntas El Club de los Poetas muertos. Recuerdo todo lo que hablamos en el patio de la urbanización, sentadas en ese muro desde el que se ve el atardecer en la bahía. Nos quedamos hasta muy tarde, y varias veces tuvimos que llamar al timbre de nuestras casas para decirles a nuestros padres que ya subíamos, que no se preocupasen. Me dijiste, Mónica, que nunca ibas a dejar de aprovechar cada instante de tu vida, que lucharías por ser feliz, siempre feliz. Yo te dije lo mismo, quizás menos segura que tú de que fuera posible. Nos despedimos con un beso en los labios al descuido, sólo las estrellas lo supieron.
Los años han pasado, y aunque nunca hemos perdido el contacto, siento que no he participado de tus pequeñas decisiones, esos momentos en que sin darnos cuenta nos cambia el futuro, la vida. Ayer regresé de visitarte en Bélgica a ti y a tu marido, Fabrice. Sin duda, irte de Erasmus fue una decisión al dictado de tu carpe diem, buscabas nuevas experiencias, ser independiente de tus padres, demasiado protectores, demasiado tradicionales para entender tu hambre de sensaciones. Y allí conociste a Fabrice al poco de llegar. Ya habías salido antes con algún chico, siempre había uno u otro, pero con nadie fuiste tan en serio como con Borja. El más guapo y sensible, tu inseparable compañero de piano al que apenas te dolió dejar cuando llegó el momento de partir. Y lejos de tu casa, Fabrice supo darte el cariño y protección que al fin y al cabo necesitabas, Mónica, porque la soledad, dijeras lo que dijeras, nunca te ha sentado nada bien. No, eso está claro, sobre todo después de llorarme durante una hora el otro día describiéndome tu vida junto a Fabrice, un gigante hundido en su sillón con el rostro oculto por un periódico y los pies inmersos en pantuflas, un tipo que desprecia las novelas, el cine, que le da dolor de cabeza cuando tocas el piano, alguien con el que hace cinco años que no sales de casa para cenar o tomar algo porque “total, adónde vas a ir en esta ciudad” refiriéndose nada menos que a Bruselas... alguien que, en suma, es lo opuesto al chico que buscabas, un chico como Neil, el protagonista de aquel lejano club de los poetas muertos, y es que si aquellos poetas, si el mismo neil murió tras lograr su cima de belleza, hoy siento, Mónica, que aquella niña que apretándome la mano me prometió ser feliz, siempre feliz, ha muerto en ti.
Hoy, quince años después de aquella tarde de primavera en que la vida se nos reveló (o eso creímos), quiero que te preguntes, por favor, si ahora no estás más sola que nunca. Yo me quedé en España, en nuestro Gijón natal. Quizás no he vivido grandes aventuras, no lo sé, pero sí puedo decirte que me siento acompañada en el mundo, siempre acompañada, y que este amor me hace crecer cada día. Salimos, nos vamos de vacaciones, vamos mucho al cine, al cineclub en versión original (¿te acuerdas?), y cuando Borja toca el piano te prometo que no me dan dolores de cabeza sino ganas de besarle, de hacerle el amor.
Siempre te tuve celos, Mónica, celos de tu vida en el extranjero, tu ímpetu, tu sensibilidad. Hasta tuve miedo de que un día me arrebataras de nuevo a Borja si regresabas. Aunque te creía feliz junto a Fabrice, ni siquiera le insistí para que se viniera conmigo a Bélgica aunque para vosotros todo aquello sea sólo pasado. Ya ves.
No pude decirte nada de todo esto el otro día. Pensaba contarte que tenía un blog, darte la dirección. Ahora no sé si me atreveré a hacerlo. Nadie soporta que le planten su verdad ante los ojos.
Los años han pasado, y aunque nunca hemos perdido el contacto, siento que no he participado de tus pequeñas decisiones, esos momentos en que sin darnos cuenta nos cambia el futuro, la vida. Ayer regresé de visitarte en Bélgica a ti y a tu marido, Fabrice. Sin duda, irte de Erasmus fue una decisión al dictado de tu carpe diem, buscabas nuevas experiencias, ser independiente de tus padres, demasiado protectores, demasiado tradicionales para entender tu hambre de sensaciones. Y allí conociste a Fabrice al poco de llegar. Ya habías salido antes con algún chico, siempre había uno u otro, pero con nadie fuiste tan en serio como con Borja. El más guapo y sensible, tu inseparable compañero de piano al que apenas te dolió dejar cuando llegó el momento de partir. Y lejos de tu casa, Fabrice supo darte el cariño y protección que al fin y al cabo necesitabas, Mónica, porque la soledad, dijeras lo que dijeras, nunca te ha sentado nada bien. No, eso está claro, sobre todo después de llorarme durante una hora el otro día describiéndome tu vida junto a Fabrice, un gigante hundido en su sillón con el rostro oculto por un periódico y los pies inmersos en pantuflas, un tipo que desprecia las novelas, el cine, que le da dolor de cabeza cuando tocas el piano, alguien con el que hace cinco años que no sales de casa para cenar o tomar algo porque “total, adónde vas a ir en esta ciudad” refiriéndose nada menos que a Bruselas... alguien que, en suma, es lo opuesto al chico que buscabas, un chico como Neil, el protagonista de aquel lejano club de los poetas muertos, y es que si aquellos poetas, si el mismo neil murió tras lograr su cima de belleza, hoy siento, Mónica, que aquella niña que apretándome la mano me prometió ser feliz, siempre feliz, ha muerto en ti.
Hoy, quince años después de aquella tarde de primavera en que la vida se nos reveló (o eso creímos), quiero que te preguntes, por favor, si ahora no estás más sola que nunca. Yo me quedé en España, en nuestro Gijón natal. Quizás no he vivido grandes aventuras, no lo sé, pero sí puedo decirte que me siento acompañada en el mundo, siempre acompañada, y que este amor me hace crecer cada día. Salimos, nos vamos de vacaciones, vamos mucho al cine, al cineclub en versión original (¿te acuerdas?), y cuando Borja toca el piano te prometo que no me dan dolores de cabeza sino ganas de besarle, de hacerle el amor.
Siempre te tuve celos, Mónica, celos de tu vida en el extranjero, tu ímpetu, tu sensibilidad. Hasta tuve miedo de que un día me arrebataras de nuevo a Borja si regresabas. Aunque te creía feliz junto a Fabrice, ni siquiera le insistí para que se viniera conmigo a Bélgica aunque para vosotros todo aquello sea sólo pasado. Ya ves.
No pude decirte nada de todo esto el otro día. Pensaba contarte que tenía un blog, darte la dirección. Ahora no sé si me atreveré a hacerlo. Nadie soporta que le planten su verdad ante los ojos.
23 de abril de 2006
La culpa es de Dan Brown
Hoy ha sido una administrativa aferrada a su Código da Vinci. Me pregunto yo si no podría haberse contentado con el Diez Minutos. Pues no... Y aquí la tenemos a ELLA, bolso en mano (pesadísimo) abriéndose un espacio imposible en el rebaño humano concentrado en el primer vagón de la línea 5. Lectura oblicua de libro semiabierto in extremis que al fin y al cabo tal vez sea la mejor forma de leerlo, no enterándose de mucho. Total que yo, a punto de insultarla con toda propiedad, me veo emparedado entre un señor mayor que, siento decirlo, olía a descuido ancestral, y un jovencito gay-fashion cuyo penetrante perfume más que equilibrar el tufo lo potenciaba ad nauseam. Por si fuera poco, esa mano que todos hemos sentido en la entrepierna alguna vez en hora punta, se alargaba desde quién sabe qué cuerpo sin lograr –apenas– efecto alguno en mi anatomía. Así que, invocando a Sartre, a Camus y al rabiosamente contemporáneo Houellebecq, hago un esfuerzo supremo de abstracción e imagino a la administrativa culpable del desastre en lencería negra de encaje, a cuatro patas sobre una cama de sábanas rojas, siendo brutalmente sodomizada por un hombre del que solo visualizo su musculada espalda y unas botas de cuero hasta la rodilla, y es entonces que la mano me toca más, me toca… y hay algo extraño en ese contacto, algo que no siento a menudo y que me estremece, pero de pronto, en una ráfaga que a cuchillo divide el mar, las puertas del vagón se abren, y la mano, el señor atufante, el gay-fashion y la administrativa con el Código a cuestas, salen despedidos al andén y se alejan con el viento. Yo, una vez más, quedo varado en la arena. Tal vez, si este tren no acaba en vía muerta, vuelva a subir la marea y otro viaje –¿cuántos ya?– recomience.
20 de abril de 2006
Mi tiempo en tu mirada

Ésta es la mirada
que me apropio,
ojos que miran el mundo
con la ingenuidad de los bellos,
los que a pecho desnudo
viven, aman, poetizan
desde la verdad que otros
no son –es imposible–
ni serán jamás capaces
de imaginar.
Ésta es la mirada
que al fin me ha enseñado a ser.
19 de abril de 2006
Fotos
De tu país me has traído fotos de tu infancia, de tu familia, de tu vida allá. Las hemos visto juntos, y en ellas he tratado de reconocerte. Ninguna te refleja tanto como las dos en la playa.
En la primera estás de cuclillas, sostienes la pala verde en la mano con extrema delicadeza. También se ve tu cubo azul y el colador amarillo. Todo tu mundo es la pala, el cubo, el colador. Mueves la arena y le das forma con la ayuda de tus juguetes.
En la segunda has abandonado cualquier objeto que pudiera distraerte de tu ensoñación. Estás tumbado en la arena, embarrado, con los ojos abiertos perdidos en un punto que flota en el aire. Qué chiquito, qué mono estás, qué ganas de ser un niño y acercarme a ti para tumbarme a tu lado hasta que suba la marea...
Deja que te diga algo: ahora eres mucho más guapo. Todos aquellos rasgos que aún debían definirse fueron delineando con el tiempo al hombre que eriza mi vello como alisio que estremece la hierba.
Tenías dos años, yo todavía uno. Ya sabes... yo siempre seré el pequeño.
En la primera estás de cuclillas, sostienes la pala verde en la mano con extrema delicadeza. También se ve tu cubo azul y el colador amarillo. Todo tu mundo es la pala, el cubo, el colador. Mueves la arena y le das forma con la ayuda de tus juguetes.
En la segunda has abandonado cualquier objeto que pudiera distraerte de tu ensoñación. Estás tumbado en la arena, embarrado, con los ojos abiertos perdidos en un punto que flota en el aire. Qué chiquito, qué mono estás, qué ganas de ser un niño y acercarme a ti para tumbarme a tu lado hasta que suba la marea...
Deja que te diga algo: ahora eres mucho más guapo. Todos aquellos rasgos que aún debían definirse fueron delineando con el tiempo al hombre que eriza mi vello como alisio que estremece la hierba.
Tenías dos años, yo todavía uno. Ya sabes... yo siempre seré el pequeño.
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