Y por qué no decirlo: que el miedo no nos gane el pulso. Ningún miedo, ni siquiera el que se camufla. En especial el que se camufla, normalmente, de (falsa) seguridad.
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
3 de diciembre de 2014
Y si el miedo
Nada más lejos de mis gustos actuales ni pretéritos (pese a un punteo de guitarra robado de mis largo tiempo idolatrados Héroes del Silencio), pero hay veces que una canción de un grupo mediocre llega en un momento determinado y tiene sentido. En este caso la responsable es Ruth, mi directora. Hay una anécdota muy adolescente que explica por qué Ruth se aprendió esta y todas las letras de El Canto del Loco. Estos últimos días, tras contarme aquello, la escuchamos bastante. Sin culpa, coreándola.
Y por qué no decirlo: que el miedo no nos gane el pulso. Ningún miedo, ni siquiera el que se camufla. En especial el que se camufla, normalmente, de (falsa) seguridad.
Y por qué no decirlo: que el miedo no nos gane el pulso. Ningún miedo, ni siquiera el que se camufla. En especial el que se camufla, normalmente, de (falsa) seguridad.
Fría es la noche
Ayer, Donna se asombró de que la noche fuera tan agradable en Madrid. Hoy, sin embargo, lo que he tenido al salir de trabajar ha sido destemplanza. También he sentido soledad.
Paseábamos por Madrid, lugar donde la joven Donna vivió brevemente en 1992. Apenas reconocía nada, y sin embargo eso parecía emocionarla más que otra cosa. Yo la guiaba por las calles iluminadas con los adornos de la Navidad y ni hacia frío ni me sentía solo. Acabamos nuestro paseo frente al Palacio Real (sí, por ahí antes pasaba una carretera y se acordaba), y puede que tardemos otros tantos años en vernos, pero me sentí más cerca de nadie de lo que hacía meses no me sentía. Cerca, acompañado, comprendido e incluso perdonado.
Luego fui con ella en metro, media hora hacia el noreste, para apurar un poco más ese tiempo que ya escapaba. Siguieron las risas, las confesiones, aunque cada parada nos acercaba a la despedida. Fue cuando cogió el taxi que la acercaría a su hotel, diciéndonos adiós muchas veces con la mano, sonriendo. No lloré, estaba feliz.
Lo mejor es que a Donna no le importó dejar su móvil medio muerto en el hotel, única forma de contactarla para informarle de si habían encontrado o no su equipaje, perdido en algún lugar de Europa Central. Esa es Donna, capaz de lanzarse al vértigo de la ciudad, de sentir la excitación del público que acudía al Santiago Bernabéu (Ruth tenía su cita médica cerca), de sentirse libre en definitiva sabiendo que si le ha ido bien así durante cincuenta y tres años, seguirá protegida del desencanto o la amargura que a muchos les prohíbe esperar ese "algo" de la vida que ella encuentra a cada momento.
A bordo de este metro ya no hace tanto frío.
El poso
Pese a algunos avatares (equipaje extraviado, intento de cambio de planes arriesgado por mi parte y el nerviosismo de Ruth por una cita médica que tenía después), el poso del reencuentro con Donna es de paz, paz interior y paz con eso que llamamos "el mundo" y que yo asimilo a la simple presencia de los demás en nuestras vidas.
No diré eso de que parecía que no había pasado el tiempo porque si había pasado. Y precisamente el hecho de que hubiera pasado le dio a nuestras conversaciones ese peso que llevamos con nosotros. Nuestras decisiones, las buenas y las malas. Nuestros éxitos y nuestros fracasos. Nuestra incapacidad para transformar experiencia en sabiduría.
Columbus ha cambiado mucho, nos contó. Ruth y yo hemos cambiado también, le contamos. Y sin embargo, ella nos dijo que aún nos reconoce en aquellos dos niños de 24 años que aterrizaron en aquella ciudad de EEUU en nuestro primer gran paso hacia el futuro. No es el que soñábamos, probablemente porque soñábamos demasiado, pero vio en nosotros a los niños, y eso fue suficiente para infundirnos esperanza todavía.
Que la vida te trate bien como hasta ahora y estés ahí muchos años para iluminarnos, lo mereces, Donna.

2 de diciembre de 2014
Reencuentro
Hoy, 2 de diciembre de 2014, vuelvo a ver a Donna tras más de 13 años. También hoy vuelvo a escribir en este blog que ha cambiado de aspecto y de nombre varias veces desde aquel 1 de abril de 2005 en que escribí mi primera entrada.
A estas alturas, mantener un blog tiene bastante de romántico y, por tanto, de anacrónico. Quién me iba a decir que podría publicar entradas desde mi móvil (como en este momento) o que todos acabaríamos condensando nuestras expresiones a menos de 140 caracteres. Ya Facebook dejó herido de muerte a los blogs personales, pero Twitter fue quien los remató. Y no, no soy tan osado como para borrarme Facebook o Twitter, esto es 2014, casi 2015, y sería un suicidio social que no deseo, pero si he sentido la necesidad de volver a este entrañable formato para oxigenarme de esas redes donde el ansia de repercusión fagocita la expresión, la condena a ser ingeniosa, llamativa, robándole lo más importante: la libertad.
Donna es la madre de Paul, un muchacho de 17 años que está pensando en alistarse a la Marina de EEUU y al que yo vi por última vez cuando tenía 4 añitos. Todo empezó cuando Donna vio un anuncio de los que debí de poner por la universidad (Ohio State University) ofreciéndome como profesor particular de español. Todavía recuerdo cuando me llamó y tardé un buen rato y muchos "I'm sorry, could you repeat that again?" en entender que las clases que quería eran para su hijo Paul de 2 años de edad. Por supuesto, como Donna estaba presente siempre que quedábamos, acabábamos hablando ella y yo de la vida y mis torpes intentos de jugar en castellano con Paul fueron siendo más escasos. Creo que todos salimos ganando.
Hoy me he pedido fiesta para poder pasar la tarde con Donna. A las 16:30 me espera en el recibidor del hotel donde se aloja antes de regresar mañana a Columbus. Ruth se nos unirá, confiamos, en algún momento. Otro día hablaré de Ruth, mi siempre presente Ruth. Antes, por la mañana, tengo que (en este orden) desayunar, quitar la ropa del tendedero que ocupa la bañera, ducharme, recortarme la barbita obligada en estos tiempos, salir a hacer una cosa relacionada con el cumpleaños de Alberto (hablé y hablaré de mi adorado Alberto, no cuento esa "cosa" por si lee esto), fregar los cacharros que desbordan el fregadero y recibir a otra Ruth (de aquí en adelante "Ruth, mi directora") para dejar terminado de una vez el texto de "El Amor Son Los Otros', imprimir su copia y la de los actores y, cierro círculo, coger el metro camino del hotel.
Acabo esta primera entrada de esta nueva etapa -hay que decirlo para que se cumpla- con un retrato de Raymond Carver, mi escritor de relatos favorito con permiso de mi recientemente descubierta Alice Munro y autor de "Principiantes", versión no editada por Gordon Lish de "De Qué Hablamos Cuando Hablamos De Amor", en cuya historia se basa mi obra, la que Ruth, mi directora, pondrá en escena próximamente.

31 de enero de 2013
Yo quiero más dramas en mi vida
¿Que más daFangoria, conscientes de la aplastante mayoría gay entre su público, han lanzado el single más perfectamente diseñado para ser coreado en la pista de baile como declaración marica universal.
si todo es mentira?
¿Que más da
deja que me ría?
¿Que más da
si al final el día…?
¿Que más da?
Va a acabar igual.
La letra sintetiza en su simplismo los dramas efímeros, superficiales, sucedidos sin descanso a lo largo de la agotadora vida emocional de sus fans a los que Alaska les recuerda que "el futuro sigue en blanco, que nada está escrito, que todo es posible". Para mí, el problema reside en que justamente himnos como este perpetúan ese patrón de conductas que convierten la vivencia de la homosexualidad para muchos en un via crucis dramático en el fondo aunque se decore de color, actitud frívola y canciones así de supuestamente asertivas que camuflan de mala manera el vacío.
Tengo 38 años, llegué a Madrid hace más de 11 dispuesto a ser gay de una vez por todas tras haber asumido bastante tarde mi condición. En los 80 y primeros 90, el activismo de un puñado creciente de 'locas' y los ejemplos puede que torpes, pero necesarios de personas como un carnicero de mi barrio, orgulloso de ser maricón y que jamás lo ocultó, hizo posible que muchos chicos pudiéramos empezar a vivir nuestro amor, nuestro sexo, sin más miedos. Los dramas de aquellas personas no tenían nada de comedias entretenidas, y bajo aquella imagen de frivolidad y pluma a mansalva latía una verdad trágica, amores frustrados, juventudes perdidas. Mi generación fue de las primeras en poder experimentar mal que bien nuestra largamente ansiada normalidad.
Sin embargo, por algún motivo que me cuesta entender, hay un sector gay que se ha empeñado en prolongar lo que ahora son clichés rancios: 'alegría' forzada, levedad de las relaciones, reflexión nula sobre la propia identidad. Son los maricas-hipérbole, producto de desecho de largos años de reivindicaciones que desconocen todo el esfuerzo y sufrimiento de los maricas históricos a los que debemos nuestra libertad, nuestra felicidad por transitoria que sea, poder tener una familia si nos da la real gana. Son ellos a los que Fangoria se dirige, de quienes aspira a ser sus mitos, aquellos que cantarán una y otra vez "Dramas y Comedias" interiorizando ese pensamiento de usar y tirar que niega cualquier atisbo de autenticidad. Y es cierto que en el mundo 'hetero' existe el equivalente de este rebaño no pensante, y si no hablo de él no es por ninguna homofobia no asumida, sino por todo lo contrario: esos borregos no me duelen, no los siento como míos.
Yo quiero más dramas en mi vida, me entretienen y me alimentan. Soy marica, pero no soy estúpido. Ojalá Fangoria escriban una canción para mí.
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