Es la primera vez en mucho tiempo (¿acaso diez años?) que ni el sexo, ni el amor, ni cualquier mezcla heterogénea de ambos, son mis emociones dominantes.
Hoy fue solo un simulacro. No fue más que eso: un simulacro inofensivo y breve. Resultó tan fácil fingir lo que no había... Ahora me pregunto si ha merecido la pena. Puede que sí, al menos ha afianzado esta conciencia.
El reto sigue ahí. No basta con ser libre, ante todo hace falta ser inteligente y sensible en la búsqueda y goce de todos los placeres. Claro que nunca se sabe hasta que son consumados. Ése es el problema de los placeres: que cuando nos decepcionan ya es demasiado tarde.
Es obvio que ese reto siempre seguirá ahí.
Desde abril de 2005, con cambios de nombre, con etapas de intensa publicación y otras de silencio que nunca ha sido definitivo. Pensamientos, música, cine, literatura... Un blog, lo que solían ser los blogs personales. Ante todo, un espacio de expresión.
16 de julio de 2009
14 de julio de 2009
Tres dies amb la familia
Señalé hace poco en mi crítica de otro estreno la existencia de una "nueva ola" de cineastas españoles y latinoamericanos empeñados en hacer un cine formalmente riguroso en torno a temas que nos tocan en lo más hondo. Sin concesiones comerciales pero en modo alguno sectarias, se trata de películas que intentan permanecer y cimentar una carrera sólida. Tres dies amb la familia, el debut de Mar Coll, es otra demostración vigorosa de esta corriente que pugna por imponerse entre públicos más mayoritarios a falta de que las distribuidoras apuesten con más fuerza, sobre todo si hablamos de promocionar el (buen) cine español.
Tres dies amb la familia nos cuenta, desde la perspectiva de su protagonista Léa (interpretada por la premiada Nausicaa Bonnín), la forzosa reunión de una familia de la burguesía catalana por la muerte del patriarca de la misma, un octogenario al que ni sus propios hijos soportaban. Mar Coll hace descansar la película en tres pilares fundamentales: un guión modélico, una dirección con pulso, decidida, y unos actores orgánicos que dotan de vida en la pantalla a a sus personajes. Así, las relaciones entre los distintos miembros del la familia, empezando por los propios padres de Leá (los soberbios Eduard Fernández y Philippine Leroy-Beaulieu) y acabando por algunos primos y tíos a los que apenas ha visto y con los que tan poco comparte, se van tejiendo con sutileza, sin prisa, pincelada a pincelada hasta completar un retrato con pocos resquicios para la redención.
Lo que más sorprende, y aún más tratándose de una ópera prima, es la maestría de la directora y guionista para entretejer las tramas de forma que no se anulen sino que se potencien entre sí. Ese móvil sin batería, ese contestador que salta, o la llamada que nunca suena, marcan el drama personal de Léa al tiempo que se revela todo lo no hablado con sus padres, quienes a su vez se encuentran ante el dilema de confesar o no ante el resto de su familia su separación. Además, y en una exposición valiente ya que el guión parte de una experiencia personal de Mar Coll,, contemplamos las vergüenzas y mezquindades de un clan donde solo en los más jóvenes existe alguna complicidad que ayuda a Léa a sobrellevar mejor el calvario que para ella supone responder a las preguntas que inevitablemente surgen sobre su vida mientras ésta se le cae a pedazos.
Sobresalen en Tres dies amb la familia algunas escenas por derecho propio. Una transcurre en un bar de Girona al que las mujeres de la familia escapan durante el velatorio, cuando bailan y cantan esa canción del ramito de violetas con el alcohol como elemento catártico en una escena que es puro cine porque está hecha de miradas y transmite muchas emociones al mismo tiempo. La segunda transcurre en la casa de Léa, cuando su padre la escucha llorar al otro lado de la pared y es incapaz de acudir, preguntarle, consolarla, en una muestra del aislamiento comunicativo que a él le ha sumido en la soledad. Por último, y en especial, la escena de los columpios en los jardines de la masía entre madre e hija es el mejor ejemplo del talento de la directora para, con los mínimos diálogos posibles, plasmar un conflicto profundo y resolverlo sin que eso signifique necesariamente darle un final cerrado.
Cabe destacar, porque es un dato muy relevante dada la calidad con que está rodada la película, que ésta es la primera experiencia profesional para todos los miembros del equipo. Tres dies amb la familia pertenece al proyecto Ópera Prima patrocinado por la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya, de la que sale la propia Mar Coll) y la productora Escándalo Films, cuyo objetivo es promocionar los alumnos graduados en la escuela. Destaca la directora de fotografía, Neus Ollé, por haber sabido capturar a la perfección los escenarios principales del film como ese tanatorio inquietantemente despojado de toda calidez, o la directora de arte Xénia Besora. Es alentador comprobar que en España se forman autores y técnicos con esta excelencia y que además poseen semejante caudal de ideas. Tal vez la eterna crisis del cine español se superaría desmontando unas estructuras viciadas, el hecho de que siempre son los mismos quienes se llevan el dinero público para hacer la misma basura reprimiendo la efervescencia que sin lugar a dudas palpita en las nuevas generaciones.
Tres dies amb la familia, o la esperanza en el centro de la desolación.
11 de julio de 2009
La flecha del tiempo
Como trabajo para una asignatura, en el quinto año de aquella carrera de la que reniego, acabé estudiando la flecha del tiempo. Creo recordar que había al menos cuatro: la cosmológica, la termodinámica, la electromagnética, y la psicológica. Hoy, en este momento de mi vida, me encuentro luchando contra todas ellas. Porque las galaxias se alejan de unas de otras, la entropía crece, las ondas se expanden, y yo me rebelo contra ese tiempo que mi mente cuenta ya hacia atrás; no es el tiempo que pasa sino el que me queda para ser feliz, para nombrar de una vez y conseguir los objetivos que nunca he tenido mas allá del éxtasis de instantes separados por intervalos vacíos.
Durante los dos próximos años, voy a volver a la universidad para añadir otro título a mi currículum y así arrinconar el otro, empujar al olvido la carrera que elegí cuando no sabía elegir, cuando era demasiado ignorante, demasiado débil. Me espera un tiempo intenso, atravesado por la flecha. Es la enésima vez que inicio una nueva etapa, pero la primera en que decido yo solo, en pleno uso de mi libertad, de mi conciencia fruto del pasado vivido. Sin otros condicionantes, y con los peligros bien a la vista como tiene que ser. Y, sobre todo, una etapa con un horizonte rotundo: trabajar en lo que me emociona.
Queda poco, esto es el preámbulo. A la velocidad que avanza la flecha, si me proyecto en ese vértigo, puedo verme dentro de dos años definiendo otros objetivos, diseñando un nuevo ataque contra el cosmos, la entropía, las ondas, y la razón. Así es mi vida, y supongo que es así como me gusta.
Durante los dos próximos años, voy a volver a la universidad para añadir otro título a mi currículum y así arrinconar el otro, empujar al olvido la carrera que elegí cuando no sabía elegir, cuando era demasiado ignorante, demasiado débil. Me espera un tiempo intenso, atravesado por la flecha. Es la enésima vez que inicio una nueva etapa, pero la primera en que decido yo solo, en pleno uso de mi libertad, de mi conciencia fruto del pasado vivido. Sin otros condicionantes, y con los peligros bien a la vista como tiene que ser. Y, sobre todo, una etapa con un horizonte rotundo: trabajar en lo que me emociona.
Queda poco, esto es el preámbulo. A la velocidad que avanza la flecha, si me proyecto en ese vértigo, puedo verme dentro de dos años definiendo otros objetivos, diseñando un nuevo ataque contra el cosmos, la entropía, las ondas, y la razón. Así es mi vida, y supongo que es así como me gusta.
5 de julio de 2009
Dorothea Lange: Los años decisivos
En la Fundación ICO (c/ Zorrilla, 3), y dentro de la programación de PhotoEspaña, se puede ver la exposición Dorothea Lange: Los años decisivos hasta el próximo 26 de julio. La fotógrafa, tras una infancia marcada por la polio que le dejó una cojera permanente y el abandono de la casa familiar por parte de su padre, había recalado en San Franciso en 1918 e iniciado una carrera exitosa como fotógrafa de estudio. Diez años más tarde, en la antesala de la Gran Depresión, da a luz a su segundo hijo fruto de su matrimonio con el pintor Maynard Dixon. Es precisamente cuando los estragos de la economía empiezan a dejar su huella en los habitantes de la ciudad que Dorothea Lange deja la comodidad de su estudio e inicia una etapa trashumante que le daría la fama mundial.
Mucho se ha dicho de Dorothea Lange, y todo es cierto: su empatía por los desfavorecidos, su capacidad para aislar la desolación de una persona en un retrato colectivo, su entrega vital a proyectos que acarreaban dureza física y largos periodos fuera del hogar. De hecho, en 1935 se divorcia de su primer marido y contrae su segundo matrimonio con el Profesor de Economía en la Universidad de California Paul Schuster Taylor, quien comparte su aventura documental de entonces en adelante. Es en 1936 cuando logra la fotografía que le hizo famosa: el retrato de una mujer migrante con tres de sus siete hijos. Las sequías, las tormentas de polvo, y los cambios de la producción agrícola, acabaron con las ilusiones de miles de americanos arrastrándolos literalmente a la carretera en busca de otro lugar donde sobrevivir. Dorothea Lange estuvo allí para que el resto del mundo lo viera.
Invariablemente, la fotógrafa completa el paisaje de un país en proceso de pauperización con cada viñeta donde personas con la mirada extraviada, cargada de sufrimiento y desesperanza, sobresalen de sus sombras sobre aceras, tierras, caminos polvorientos del país de las oportunidades. En ciertas ocasiones, se trata de reportajes que encarga el gobierno para mostrar sus planes de salvamento económico. Sin embargo, en 1942 ocurre lo contrario. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en plena Guerra Mundial, el gobierno estadounidense decreta el envío a campos de refugiados de todos los ciudadanos de origen nipón. Lange deja su beca Guggenheim y se lanza a fotografiar ese éxodo obligado de unas personas inocentes. Negocios que cierran, casas vacías, despedidas en las calles de quienes ya marchan en camiones y los que lo harán al día siguiente o al otro. Solo años más tarde se hicieron públicas las fotografías que denunciaban la inútil venganza del gobierno contra Japón, ya que el ejército las censura.
Acabada la guerra, los últimos veinte años en la vida de la fotógrafa estuvieron marcados por una mayor estabilidad vital y varios problemas de salud hasta su muerte en 1965. Pero la exposición en Fundación ICO se circunscribe a esos "años decisivos" que constituyeron la caída y posterior auge del imperio favorecido finalmente por esa II Guerra Mundial tras la que el mundo nunca fue lo que era y Estados Unidos impuso su hegemonía en el nuevo orden económico. Años que Dorothea Lange retrató en su versión más cruda: aquella que no esconde a las víctimas, quienes perdieron los mejores años de sus vidas durante la transición entre dos épocas.
Dorothea Lange: Los años decisivos, una mirada de ser humano a ser humano en el corazón del dolor.
Mucho se ha dicho de Dorothea Lange, y todo es cierto: su empatía por los desfavorecidos, su capacidad para aislar la desolación de una persona en un retrato colectivo, su entrega vital a proyectos que acarreaban dureza física y largos periodos fuera del hogar. De hecho, en 1935 se divorcia de su primer marido y contrae su segundo matrimonio con el Profesor de Economía en la Universidad de California Paul Schuster Taylor, quien comparte su aventura documental de entonces en adelante. Es en 1936 cuando logra la fotografía que le hizo famosa: el retrato de una mujer migrante con tres de sus siete hijos. Las sequías, las tormentas de polvo, y los cambios de la producción agrícola, acabaron con las ilusiones de miles de americanos arrastrándolos literalmente a la carretera en busca de otro lugar donde sobrevivir. Dorothea Lange estuvo allí para que el resto del mundo lo viera.
Invariablemente, la fotógrafa completa el paisaje de un país en proceso de pauperización con cada viñeta donde personas con la mirada extraviada, cargada de sufrimiento y desesperanza, sobresalen de sus sombras sobre aceras, tierras, caminos polvorientos del país de las oportunidades. En ciertas ocasiones, se trata de reportajes que encarga el gobierno para mostrar sus planes de salvamento económico. Sin embargo, en 1942 ocurre lo contrario. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en plena Guerra Mundial, el gobierno estadounidense decreta el envío a campos de refugiados de todos los ciudadanos de origen nipón. Lange deja su beca Guggenheim y se lanza a fotografiar ese éxodo obligado de unas personas inocentes. Negocios que cierran, casas vacías, despedidas en las calles de quienes ya marchan en camiones y los que lo harán al día siguiente o al otro. Solo años más tarde se hicieron públicas las fotografías que denunciaban la inútil venganza del gobierno contra Japón, ya que el ejército las censura.
Acabada la guerra, los últimos veinte años en la vida de la fotógrafa estuvieron marcados por una mayor estabilidad vital y varios problemas de salud hasta su muerte en 1965. Pero la exposición en Fundación ICO se circunscribe a esos "años decisivos" que constituyeron la caída y posterior auge del imperio favorecido finalmente por esa II Guerra Mundial tras la que el mundo nunca fue lo que era y Estados Unidos impuso su hegemonía en el nuevo orden económico. Años que Dorothea Lange retrató en su versión más cruda: aquella que no esconde a las víctimas, quienes perdieron los mejores años de sus vidas durante la transición entre dos épocas.
Dorothea Lange: Los años decisivos, una mirada de ser humano a ser humano en el corazón del dolor.
3 de julio de 2009
Vida de una fotógrafa 1990-2005
Con solo treinta y un años, Annie Leibovitz fotografió en su apartamento a John Lennon abrazado a Yoko Ono (él desnudo, ella completamente vestida) para la revista Rolling Stone. Lennon quedó impresionado con esa imagen porque mostraba la esencia de su relación, y pidió a la fotógrafa que fuera en portada. Cinco horas después, el cantante moría asesinado a balazos en la misma entrada de su edificio y la portada se convertía obviamente en mito.
No es casualidad, y es que la retrospectiva Annie Leibovitz, Vida de una fotógrafa 1990-2005 (hasta el 6 de septiembre en la sala Alcalá 31, Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid) nos enseña cómo cada una de sus fotos captura de lleno el momento y es a la vez un alarde extraordinario de maestría pictórica. Y digo pictórica, sí, porque la fotógrafa logra con su cámara la penetración de un Goya como por ejemplo en sus retratos de Daniel Day-Lewis o la mismísima Reina de Inglaterra. Así, en la planta de arriba encontramos unos paisajes impresos en gelatina de plata, como todas sus instantáneas en b/n, que demuestran la pasión de Leibovitz por la pintura como ella misma rubrica con sus palabras cuando dice que entiende perfectamente que alguien se pueda dedicar a pintar paisajes toda su vida.
La exposición no tiene un orden aparente. Fotografías de diferentes épocas, diferentes formatos y diferentes temáticas, se suceden en un puzle que solo poco a poco reconstruye la personalidad de la artista ante los ojos del espectador asombrado por semejante ejercicio de desnudez y talento. Se mezclan las fotos íntimas de su relación con Susan Sontag (¿por qué el texto de bienvenida a la exposición persiste en el odioso eufemismo "amiga"?) y otras familiares con las fotos que le han convertido en estrella como la de Demi Moore embarazada o la sobrecogedora imagen de esa bici derrumbada sobre un rastro de sangre segundos después de que un francotirador en Sarajevo abatiera al muchacho que la conducía. Leibovitz condensa la verdad del momento y la expresa virtuosamente, con la discreción de los grandes maestros que desaparecen en su arte. Tiene el poder de animar los objetos (ese robot que parece tener alma), despertar nuestro erotismo (Leonardo Di Caprio en pleno apogeo o Richard Avedon en su arrebatadora senectud), o hacernos voyeurs de intimidades ajenas (Patti Smith cómplice de sus hijos en su sala de estar)...
En una envidiable osadía, Leibovitz llega a imitarse a sí misma y se fotografía embarazada de su primera hija a los cincuenta y un años. Es la prueba de que la vida puede al arte y la necesidad de expresar su felicidad la arrastra a plasmar su idea sin más, al lado de una cama, lejos de la estética de sus fotografías por encargo. Es lógico que Leibovitz afirme que ella no es una fotógrafa de estudio, en el sentido de que no confía en lo que pueda surgir en un contexto tan aséptico, lejos de esos lugares donde discurre la vida de las personas que retrata. Ella, maestra de la composición, la luz o el cromatismo, vierte la pasión de una principiante en sus obras, como ésa en que captura a su amada Susan ante la ciudad de Petra.
Quince años en la vida de una fotógrafa. El amor. El imposible.
No es casualidad, y es que la retrospectiva Annie Leibovitz, Vida de una fotógrafa 1990-2005 (hasta el 6 de septiembre en la sala Alcalá 31, Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid) nos enseña cómo cada una de sus fotos captura de lleno el momento y es a la vez un alarde extraordinario de maestría pictórica. Y digo pictórica, sí, porque la fotógrafa logra con su cámara la penetración de un Goya como por ejemplo en sus retratos de Daniel Day-Lewis o la mismísima Reina de Inglaterra. Así, en la planta de arriba encontramos unos paisajes impresos en gelatina de plata, como todas sus instantáneas en b/n, que demuestran la pasión de Leibovitz por la pintura como ella misma rubrica con sus palabras cuando dice que entiende perfectamente que alguien se pueda dedicar a pintar paisajes toda su vida.
La exposición no tiene un orden aparente. Fotografías de diferentes épocas, diferentes formatos y diferentes temáticas, se suceden en un puzle que solo poco a poco reconstruye la personalidad de la artista ante los ojos del espectador asombrado por semejante ejercicio de desnudez y talento. Se mezclan las fotos íntimas de su relación con Susan Sontag (¿por qué el texto de bienvenida a la exposición persiste en el odioso eufemismo "amiga"?) y otras familiares con las fotos que le han convertido en estrella como la de Demi Moore embarazada o la sobrecogedora imagen de esa bici derrumbada sobre un rastro de sangre segundos después de que un francotirador en Sarajevo abatiera al muchacho que la conducía. Leibovitz condensa la verdad del momento y la expresa virtuosamente, con la discreción de los grandes maestros que desaparecen en su arte. Tiene el poder de animar los objetos (ese robot que parece tener alma), despertar nuestro erotismo (Leonardo Di Caprio en pleno apogeo o Richard Avedon en su arrebatadora senectud), o hacernos voyeurs de intimidades ajenas (Patti Smith cómplice de sus hijos en su sala de estar)...
En una envidiable osadía, Leibovitz llega a imitarse a sí misma y se fotografía embarazada de su primera hija a los cincuenta y un años. Es la prueba de que la vida puede al arte y la necesidad de expresar su felicidad la arrastra a plasmar su idea sin más, al lado de una cama, lejos de la estética de sus fotografías por encargo. Es lógico que Leibovitz afirme que ella no es una fotógrafa de estudio, en el sentido de que no confía en lo que pueda surgir en un contexto tan aséptico, lejos de esos lugares donde discurre la vida de las personas que retrata. Ella, maestra de la composición, la luz o el cromatismo, vierte la pasión de una principiante en sus obras, como ésa en que captura a su amada Susan ante la ciudad de Petra.
Quince años en la vida de una fotógrafa. El amor. El imposible.
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